Un poema sobre Habermas

Una de mis poesías, Las canciones del Valle de Josafat, fue publicado en Otra Iglesia es imposible.

Una enfermera conduce a Jürgen Habermas
a través de los senderos de boj.
Comienza entonces la tentación del ocaso:
¿A quién le importa ahora la esfera pública,
viejo maestro alemán?
Pobre de nosotros, continúa el estribillo,
cuerpos blandos sin coraza sobre bandejas de sal.

Junto a la mesa del parque,
cuando el sol talla esmeraldas,
el siglo madura frente a sus ojos,
y los cien años anteriores son una extensión dividida
en parterres al comienzo y le siguen trincheras,
vergeles amurallados, baldíos.
¿Dónde están ahora los judíos mayores?
Celosos hortelanos, se han dormido.
En las multitudes que calentaban sus manos contra el fuego,
¿lo supieron?,
buscaban el fugitivo gesto de un mesías.
Pero se hace tarde sobre el mundo
y acaso sea razonable el juicio en el amor.

¿Escucha, profesor, por sobre los demonios de vísperas?
Llegan desde el futuro
las canciones del Valle de Josafat.

Anuncios

Tommaso Rangone y Tintoretto #Italia

File:Venezia - Jacopo Sansovino, San Zulian (1555) - Foto Giovanni Dall'Orto, 12-Aug-2007 - 09 - Statua Tommaso Rangone -1554-.jpg

En el frente de la iglesia de San Giuliano, en Venecia, se encuentra una estatua de bronce de Tommaso Rangone. Fue realizada por Jacopo Sansovino, en 1553, y representa a Rangone, filósofo y médico, astrónomo y profeta. Rangone fue un hombre del Renacimiento. En la escultura se lo observa con un escrito y una planta medicinal que él mismo descubrió. Escribió un libro cuyo título fue “Cómo vivir 120 años”.

Nació en Rávena, en agosto de 1493. Pertenecía a una familia burguesa. No se sabe demasiado de sus padres y muy poco de sus primeros maestros. A los veinte años aproximadamente se trasladó a Bolonia, para asistir a cursos de filosofía y medicina. En los años sucesivos, escribió numerosas cartas astrológicas y proféticas. Para 1524 vaticinó un atroz diluvio en el Véneto. La calamidad nunca sucedió, pero Rangone continuó escribiendo sobre metereología.

Tiempo después, gracias a las ganancias del mecenazgo y a sus contactos, compró un palacio en Padua, en el Puente del Molino Gritti, y fundó un colegio para estudiantes pobres de Rávena. La institución, que duró al menos hasta mediados del siglo XVII, proporcionaba alojamiento y comida para los alumnos seleccionados por los párrocos de diferentes iglesias venecianas.

Entre 1553 y 1554, financió la reconstrucción de la iglesia de San Giuliano. La fachada fue diseñada por Sansovino, quien realizó la antes mencionada estatua de bronce de Rangone sentado. En marzo de 1562, el Dogo de Venecia – la máxima autoridad local- Girolamo Priuli lo nombró caballero de San Marcos. Ese mismo año, Rangone contrató a Tintoretto, que en 1566 dio a la escuela de San Marcos tres pinturas (ahora en la Gallerie dell’Accademia de Venecia) que representaban el descubrimiento del cuerpo de San Marcos, el momento en que transportaron el cuerpo y el milagroso rescate del naufragio de un sarraceno que había invocado al santo. Algunas otras pinturas que Tintoretto realizó para Rangone se perdieron.

En 1572 el emperador Maximiliano II lo nombró Conde Palatino, y Rangone dictó un largo testamento, en el que, entre otras cosas, ordenó que su colección de libros, antigüedades e instrumentos astronómicos fueran exhibidas con libre acceso del público. Sus últimas tratados versaban sobre extrañas enfermedades. Murió en Venecia el 10 de septiembre de 1577 y fue sepultado, con una espectacular ceremonia fúnebre organizada por él mismo, en la iglesia de San Giuliano. Rangone vivió 84 años.

Imagen relacionada

El hallazgo del cuerpo de San Marcos, de Tintoretto. 1562.

La traslación del cuerpo de San Marcos, Tintoretto. 1562.

File:Le Tintoret - Saint Marc sauvant un Sarrasin.jpg

San Marco salva a un sarraceno durante un naufragio, Tintoretto. 1562.

 

Fuente:

Nichols, T. (1999), Tintoretto: Tradition and Identity.  London, England: Reaktion Books.

 

“Mi hipótesis de un museo se confirmaba”

En la novela La máquina del tiempo (1895), H. G. Wells imaginó una Inglaterra futura en la que el hombre había alcanzado pleno dominio de la naturaleza sin lograr evitar la crueldad. En medio de un paisaje extraordinario, el viajero del tiempo divisa un palacio imponente pero ruinoso, en cuyo interior encuentra cajas de cristal, vitrinas, frascos y fósiles: típicos objetos de un  gabinete de ciencia del siglo XIX. El escritor no imaginó, por descuido o prudencia, la evolución de los museos en los siglos venideros. En aquel futuro de la novela, la consumación del progreso había hecho innecesaria la memoria. Solamente los morlocks, terroríficas criaturas que poblaban el mundo, anidaban en medio de las ruinas del museo.

Nunc Dimittis, de Joseph Brodsky

Nunc Dimittis, en latín “Ahora dejas”, es un poema de Joseph Brodsky poco conocido en español, basado en el Cántico de Simeón (Lucas 2, 22-40). Si bien fue escrito en ruso con el título de Cретенье, que significa “Encuentro”, lo tradujeron al inglés con el nombre del  pasaje evangélico. Brodsky, ruso de origen judío, consideraba el encuentro referido en el poema como el momento de la transición entre el antiguo y el nuevo testamento. El autor dedicó el texto a la poeta Anna Akhmatova. La versión que sigue es de los traductores Amaya Lacasa y Ramón Buenaventura, en Parte de la oración y otros poemas, editado en 1991 por Versal: Travesías.

Cuando acudió María por vez primera al Templo
a presentar a Cristo Niño ante su padre, estaban
allí presentes, entre muchos otros,
el muy devoto Simeón y Ana, profetisa.

El anciano tomó al Niño en sus manos.
Los tres adultos, en la oscuridad del Templo,
situados en torno a la criatura,
era un marco tornadizo.

Los abrazaba el Templo igual que un bosque inmóvil.
Ocultaban las cúpulas, en la mañana aquella
—de las miradas de los hombres y a los ojos del Cielo—,
a María, al anciano y a la profetisa.

Un único rayo de luz, extraviado,
vino a tocar al Niño en los cabellos;
y él, sin darse cuenta, respiraba, dormido,
confiado en los brazos de Simeón el fuerte.

El anciano sabía, porque así
le había sido revelado, que no vería las tinieblas
de la muerte, hasta haber conocido al Hijo del Señor.
Ahora sucedía. Y dijo entonces: «Hoy,

cumpliendo la palabra que antaño Tú me diste,
me permites, Señor, marchar en paz:
mis ojos, finalmente, han podido ponerse
en este niño que te confirma; en este niño

que, siendo gloria de Israel, alumbrará
a las tribus idólatras». Tras lo cual
calló el buen anciano y sólo el eco
de sus palabras, aleteando en la techumbre,

persistió unos instantes, con un leve susurro,
bajo las bóvedas del Templo, como un pájaro
que sabe alzar el vuelo y que no sabe

descender de la altura.

 

Todos se sintieron extraños, y el silencio
no era menos insólito que las palabras.
Confundida, María, nada supo decir
ante aquellas extrañas afirmaciones. Y el anciano:

«Este niño que duerme ahora en tus brazos
a unos perderá, salvando a otros;
por él se enfrentarán los hombres en discordia.
El arma que algún día torturará su carne

en tu alma también se hundirá. Y esa herida
te ayudará, María, a comprender
lo que esconden los hombres en lo hondo
de sus pechos».

Concluido el discurso se encaminó a la puerta.
Ambas mujeres, abatidas (por los años la una,
por el pesar la otra), lo contemplaban en silencio.
Menguaba en la distancia su cuerpo —y su sentido—

para entrambas mujeres, al amparo del Templo.
Como ahuyentado por sus miradas
Simeón avanzaba en silencio por la nave vacía,
acercándose al hueco lechoso de la puerta.

Eran sus pasos los de un anciano vigoroso.
Sólo cuando a su espalda resonó la voz
de la muy vieja profetisa se detuvo un momento.
Mas no era él el invocado; eran de Dios

las alabanzas de la profetisa.
La puerta estaba cerca, y el viento ya rozaba
las ropas del anciano, y por delante, más allá de los muros,
se escuchaban tenaces los ruidos de la vida.

Iba a morir, tras empujar la puerta
no se adentró en la calle y su tumulto
sino en el reino sordomudo de la muerte.
Sus pies ya no pisaban la solidez del suelo,

ni percibían sus oídos los sonidos del tiempo.
Y la imagen del Niño, con un halo de luz
en torno a los suaves cabellos
el alma de Simeón llevaba por los senderos de la muerte,

parecido a una antorcha, hacia la negra oscuridad,

iluminando unos parajes que hasta entonces
nadie, con semejante luz, logró encender.
Al paso del anciano el sendero ensanchábase.

16 de febrero de 1972

Cuentos de Navidad

Los cuentos de Navidad funcionan de este modo: una acción, a menudo poco más que una anécdota o un sueño, ocurre sobre el escenario de un drama mayor, la Navidad. Por lo general, el lector conoce el “significado” de la Navidad, pero la anécdota del cuento lo reconduce al “Suceso”. Parece sencillo, pero los cuentos de Navidad comparten su propósito con la teología.

En algunos de estos relatos, como “Cuento de Navidad”, de Dino Buzzati, aparece, de pronto, la poesía:

“Sobre los prados y las hileras de morera, ondeaba Dios, como esperando.”

 

El muerto del Carnegie Hall

Hace pocos días, durante una graduación, la profesora que dijo unas palabras a los alumnos recordó “la crítica más corta de la historia”. Yo no conocía la anécdota y me divirtió. Horas más tarde la busqué en internet: “Ayer, en el Carnegie Hall, Jack Benny tocó Mendelssohn. Mendelssohn perdió”, se leía en una edición del NYT de los años cincuenta. Firmaba el famoso crítico musical Harold Schonberg. Jack Benny fue un comediante, actor de vodevil, que también tocaba el violín. Todo esto me recordó otra anécdota sobre el Carnegie, adjudicada a Arthur Rubinstein. Al parecer alguien le preguntó en la calle cómo se llegaba al Carnegie Hall y su respuesta fue: “practique, practique, practique”. Evidentemente, Schonberg no pensaba lo mismo.

A propósito de Crítica, acabo de leer La función de la crítica, del inglés Terry Eagleton. El ensayo, de 1999, describe el nacimiento de la crítica a partir del concepto de Habermas sobre la esfera pública y su evolución. Si en una primera fase del Capitalismo, la  dimensión económica y simbólica estuvieron separadas de forma tajante – de ahí quizás, la distinción marxista al respecto (sistema al cual la visión de Eagleton es en parte tributaria)-, el capitalismo tardío “supera esta radical separación entre lo simbólico y lo económico”. Otros autores comparten esa opinión.

En este contexto, Eagleton sugiere que

La función del crítico contemporáneo es oponerse a ese dominio volviendo a conectar lo simbólico con lo político, comprometiéndose a través del discurso y de la práctica con el proceso mediante el cual las necesidades, intereses y deseos reprimidos puedan asumir las formas culturales que podrían unificarlos en una fuerza política colectiva. La del crítico contemporáneo es, pues, una función tradicional (Eagleton, 1999, p. 126).

Yo comparto con Eagleton lo de “volver a conectar” y lo de la “función tradicional”. En el sentido de que si no se define la cultura desde un nivel interpersonal, la cultura se desdefine. Por eso me gusta la cruda “micro-crítica” de Schonberg, porque conecta a su  lector con los dos artistas – Mendelssohn y, mal que le pese, Benny-. Uno de ellos, el que perdió, estaba muerto en ese entonces. La posibilidad de que un muerto gane o pierda es una buena definición de tradición.

Eagelton, T. (1999). La función de la crítica. Barcelona, España: Paidós.

Fin de clases #Discurso

Hace ya un par de años que en la Cátedra de Análisis del Discurso de la Universidad Austral me toca cerrar el año con A sangre fría, de Truman Capote, el exponente de lo que su autor llamó la non fiction novel. Desde agosto, con Damián, Marité y Sara, recorrimos las unidades introductorias para comprender la comunicación desde los discursos, y luego recorrer, unidad por unidad, enunciados específicos.

La non fiction novel es un género que consiste, básicamente, en narrar de forma literaria hechos reales. Capote escribió esta obra entre los años 1965 y 1966. En la Argentina,  Rodolfo Walsh había publicado Operación masacre en 1957. No se trata de quién fue primero. Es asombroso que en diversas partes del mundo, aquellos que trabajaban con las palabras estuvieran encontrando soluciones semejantes para contar los acontecimientos.

También me asombra por lo que significaron aquellos años en la historia de los estudios del lenguaje: pos giro lingüístico, plena etapa pragmática, los filósofos de Oxford inquietos por la acción de las palabras y no solo por la referencia, y la todavía reciente conversión de Wittgenstein con sus Investigaciones filosóficas. Podría continuarse con los paralelismos y asomarse a otros jardines de las humanidades. Menuda tentación. Los alumnos nos salvan de semejante zozobra.

Con A sangre fría me sucede algo particular: no es una de mis obras preferidas, sin embargo reconozco la maestría de Capote para escribirlo y estructurar el relato. Como pocas obras, al leerla en castellano me parece evidente que fue escrita en inglés. Pienso que no pudo haber sido de otro modo. A riesgo de sonar Sapir – Whorfiana, los campos de trigo de Kansas tiemblan únicamente de ese modo en la lengua de Capote.

Como pocas novelas, A sangre fría funciona discursivamente. No solo por la etapa pretextual antes de la dispositio, las investigaciones de Capote para reunir los testimonios, sino porque la obra se transforma con el tiempo: si en la década de los sesenta fue leída como un texto periodístico sobre un drama reciente, hoy puede leérsela como un texto histórico.

Una de las cosas más interesantes de esta obra es la intersección de tres horizontes: el de la familia Clutter, granjeros adventistas, víctimas puras; el de los dos asesinos, propios de una road movie, residuo pop- folk de una sociedad próspera y víctimas impuras, y el horizonte del propio Capote, que aunque hubiera nacido en Alabama, era un neoyorquino.

Sucede algo hermoso con esto: no aparecen juicios apresurados de Capote a lo largo del relato, ni se morigeran la saña y el espanto. Quizás confió lo suficiente en el lector como para delegarle la reflexión. Cuando se llega al final de la obra, se comprende algo más del complejo corazón humano. Esa es, me parece, la principal virtud de este libro. Si el pacto de lectura del periodismo se relaciona con la credibilidad, el de la non fiction novel gira en torno del sentido.

Los asesinos, de una crueldad inusitada e incomprensible, son sentenciados a la pena capital. Capote sugiere una sola pista, el epígrafe de la Balada de los ahorcados, del poeta maldito francés François Villon, en el siglo XV, que en casi todas las ediciones suele permanecer en francés y que con los alumnos trajimos al castellano:

Hermanos, quienes aún siguen con vida,
no tengan con nosotros el corazón demasiado duro,
porque si muestran piedad con estos pobres,
Dios no lo olvidará y será clemente.

Sobre la Estética de Dietrich von Hildebrand

En este artículo relato algo de Hildebrand Project y su original consideración sobre la cultura.  Pero es simplemente una pista, unas migas de pan, las señas de un camino. Escribir – y comunicar, en general- es una renuncia constante. Alegre renuncia: la verdad. Sería óptimo dar con el enunciado perfecto, que la comprensión sea total. ¿Quién no quisiera hacerse entender del mejor modo sobre algo que considera valioso? En cambio, quien escribe solo propone un acuerdo. En general, espera algo, pero el resultado es otro. Esta posibilidad de imperfección, que nos obliga a la economía, cuando no al silencio, es lo mejor de la escritura. El resultado que tenemos frente a nosotros nos susurra, con el gozo de las calaveras de los escritorios monacales, sic transit gloria mundi.

Ejemplos componentes discursivos de Eliseo Verón

Zamora Entidades y componentes

Zamora Entidades y Componentes 2Zamora Entidades y Componentes 3

Ejemplo 2, entidades y componentes en el discurso de Mauricio Macri en la apertura de las sesiones legislativas en marzo de 2017.

El discurso completo de Macri ante el Congreso _ El Cronista

Conceptos en: Verón, E. (1987). El discurso político. Buenos Aires, Argenina: Hachette.