La música del misterio

Escuché a Arvo Pärt por unos amigos. Pärt es un músico estonio de 79 años. Inventó el llamado “minimalismo sacro”. Es un hombrecito suave, de barba tupida y cabeza ya calva. Sus ojos azules parecen tristes, pero en realidad son misteriosos. A pesar de hacer una música extrañísima para la época, Pärt es celebrado hoy día en todo el mundo. Curiosamente la música de Pärt fue utilizada en varias películas. Cuando le preguntaron cómo definiría su obra, él dijo que como un “tintineo”, haciendo una alusión técnica al sonido de las campanas.

Si toda obra de arte narra una historia, la música de Pärt transcurre en un bosque oscuro. No demasiado lejos ocurre una guerra, pero más cerca se impone el silencio de la nieve. Hay manchas en el piso. Volverán los remolques y los tanques, como antes fueron y vinieron los trineos. Soldados delgados hablarán una lengua extraña. Ni la vista nublada por el hambre ni sus heladas falanges les impedirán la puntería. Pero ya cae la nieve sobre el bosque. Cae la nieve, como un grito, sobre el mundo, y cubre la sangre, y de nuevo, la música es solamente un bosque.

El hombre de todas las bodas

En muchos casamientos en la Argentina y en el mundo se interpreta – o se pone play y se escucha- una pieza llamada Pompa y Circunstancia. Síganme si recuerdan la melodía: pam, pam, pam, pam… y continúa: así golpea esa música, con trompetas y platillos, crece y crece, y emociona, a pesar de ser un cliché incluso más dulce que los confites. Siempre me llamó la atención el nombre “pompa”, por un lado, y “circunstancia”, por el otro. La segunda palabra contrasta extrañamente con la primera.

El asunto es que el compositor de esta música fue el inglés Edward Elgar (1857- 1934), contemporáneo a personajes como los escritores G. K Chesterton y Bernard Shaw, con quienes se cruzaba en los salones del Savoy Theatre. Hace pocos días, mi hermano me regaló un cd de Elgar, con números de The music makers y de Sea Pictures, por el London Symphony Chorus y la London Symphony Orchestra. Quise, entonces, enterarme algo más sobre su vida.

Al parecer fue una rara avis desde pequeño. Su infancia – toda comparación es de por sí odiosa al menos para una de las partes- no fue como la de Chopin u otros genios. Su vida adulta y su música, tampoco. Según las biografías, el niño Edwar desarrolló “gradualmente” el talento como organista de iglesia en la campiña inglesa, y fue totalmente autodidacta. Aunque componía desde chico, el reconocimiento le llegó tarde. No contaba con renombre ni posición social, y en cambio, era susceptible.

“Tomó comentarios fuera de contexto o en formas no previstas y, a través de su reacción extrema, provocó peleas y divisiones con los que de otro modo podrían haber ayudado a promover su nombre”, esto leí acá, que significa más o menos que Edward tendría pocas pulgas. Sigue: “En ocasiones formales, a menudo se sentía incómodo, lo que le hacía proferir comentarios sin tacto que le hacían parecer brusco, grosero y de mal genio.” Mi simpatía por el hombre de los mostachos creció irremediablemente.

Pero su carácter indómito al parecer se diluía completamente entre su familia y sus amigos íntimos, con quienes siempre estaba de buen humor. Huía de Londres- se lo acusó de espíritu campesino-, y en cambio, vivía junto a su mujer, Caroline Alice, y su hija, en casas de campo inglesas que cuando tuvo algún dinero procuro alquilar para pasarse las tardes componiendo frente al piano.

La única hija del músico, Carice Irene, nació en su casa en West Kensington. Su extraño nombre, según reveló el propio Elgar en la dedicatoria de Salut d’Amour, la pieza que le dedicó a su mujer cuando se casaron, fue una contracción de los nombres de su madre, Caroline y Alice. El compositor amaba estos y otros juegos de palabras y utilizó los más famosos en la composición Enigma variations. Cada una de las variaciones correspondía a uno de sus amigos, y los títulos ayudaban a indicar a quién se refería. Según una versión, la alusión era muy simple, las letras del nombre indicaban las iniciales del aludido. También las partituras contaban con palabras sueltas, claves y acertijos, y los nombres de las casas donde vivía también guardaban sentidos crípticos.

Algo, entre las adivinanzas y la verde campiña, me hizo acordar a los hobbits. Pero a Edward le interesaban también los deportes en general y la ciencia. En la partitura manuscrita del estudio sinfónico Falstaff anotó indicaciones de cómo ensamblar meticulosamente un reloj. Sobre todo, le apasionaban la tecnología de grabación, el gramófono y posteriormente el micrófono, y por esta razón han quedado muchos registros del mismo Elgar, algo no muy común en los compositores clásicos. Sin embargo, como buen inglés, su debilidad era el turf y dejó plantados a muchos en importantes compromisos para ir a presenciar las carreras.

Según los biógrafos, Elgar era un “outsider”, no congeniaba con los círculos artísticos de ese entonces, victorianos y eduardianos, gélidos y aristocráticos. A pesar de esto, logró finalmente el favor de la corona. Como si no hubiera bastado con su caracter peculiar, Elgar era católico en un imperio anglicano y sus obras tenían una relación estrecha con su fe: una de las más reconocidas es el oratorio The dream of Geronte, la adaptación musical de un poema del Cardenal Newman. A pesar de todo, después de años de trabajo, los críticos musicales de la Europa Continental, de quienes se podía esperar resquemor hacia un compositor inglés autodidacta, lo halagaron. En 1904, fue nombrado caballero, y pasó a ser Sir Edward Elgar. Las condecoraciones y premios continuaron no solamente en Inglaterra sino en toda Europa.

Estatua Edward Elgar, Hereford Cathedral, credits by brianac37 in Flickr

“Tengo una melodía que les golpeará la cara”, dijo, al parecer, Elgar, sobre Pompa y Circunstancia, y así fue: ya en ese entonces lo ovacionaron de pie – como ocurriría hasta hoy día- en la última noche del los Proms, el afamado ciclo de conciertos de la BBC. Pompa, finalmente, fue adaptado sobre los versos de A. C. Benson, hermano del autor de El amo del mundo, y la composición pasó a llamarse Land of Hope and Glory. Suele considerárselo el himno no oficial británico, y ensalza una tierra cuya fama “es tan antigua como los días”, y que Dios deberá “engrandecer aún más”. En Estados Unidos se lo entona en las graduaciones, antes o después del discurso emotivo y del vuelo de los birretes.

La fuerza de las composiciones de Elgar es sobre todo melódica, y no se lo suele considerar un innovador, sino más bien un representante musical de una generación. Además de las obras mencionadas suele reconocérselo por Los apóstoles y por los conciertos para violín y violonchelo. Curiosamente, los biógrafos coinciden en que el impulso creativo de Elgar se interrumpió luego de la muerte de su esposa. En los momentos más duros de su carrera, cuando nadie confiaba todavía en su talento y vivía en Londres, una ciudad que detestaba, Elgar no dejó nunca de asistir junto a Alice, día tras día, a escuchar en el Crystal Palace a Berlioz y Wagner, quienes junto a Scumann y a Dvorak, fueron algunas de sus mayores influencias. Puedo imaginarlo asomado a un palco, con una mano en el mentón, justo bajo los enormes bigotes, mientras tamborilea ya sobre el rojo terciopelo de la butaca la que sería una de las melodía más conocidas de la historia de la música clásica.

Así cierran siempre los Proms BBC. Estilo futbolero, británico y algo ridículo. El “campesino” Elgar les guiñaría un ojo y se iría al turf.

Pesebres del Siglo XXI

Me encanta, en todo espectáculo, esconderme entre el público y observar la expresión de los espectadores: sonrisas, ceños fruncidos, cabezazos de sueño, una lágrima repentina que brilla en la oscuridad como una perla, la decepción o el asombro, el fastidio o la alegría, lo que sea. Me apasiona observar la reacción de las personas cuando leen concentradas en los medios de transporte. Los mínimos movimientos de las cejas podrían indicar que Ulises acaba de regresar a Itaca, que ya lo reconocieron el perro, la esclava y el hijo, pero que, inexplicablemente, Penélope aún lo espera.

Unos días antes de Navidad, como todos los años, la ONG musical que integro organizó salidas de coros de chicos por las calles de Buenos Aires. En la peatonal Florida, entre vendedores de dólares y manteros, los porteños se detenían a escuchar, asombrados, curiosos, enternecidos, incrédulos de que fuera gratuito, quién sabe si con un recuerdo muy vago de Navidades de infancia o una inexplicable envidia, más parecida a la añoranza, por aquellos que se permitían la alegría.   

Los coros estaban integrados por chicos de varios colegios del centro y de la escuela de música de la villa 21 de Barracas. A los nueve años compartían jugo o se pasaban los alfajores sin importarles nada de dónde venían. Se habían estudiado las canciones y los emocionaba el fin de año, la perspectiva de vacaciones, salir de paseo, que la gente los viera y los escuchara. La vida después quizás los lleve por diferentes caminos, por distintos dolores y alegrías. Que todos ellos tengan el recuerdo de una calle atestada y una música que persiste a pesar de la temperatura y el tráfico, de los noticieros y la preocupación de los padres, que esa música persista, una vez más, me llena de esperanza.

Algunos dirán que los villancicos son cosa de chicos. Algo naif, aniñado, insulso. No es exactamente así. Por el contrario, me impresiona sobre todo que sean los chicos quienes a través de su voz narren una historia de grandezas y mezquindades, de humildades y envidias, de reyes y pastores. Blanco sobre negro, y una gama de grises que va desde el hollín liviano hasta el peso del plomo. Es una guerra que comenzó hace mucho, que nos provoca alegría porque ya fue ganada, pero que también nos continua doliendo. ¿Cómo negarlo? El dolor es inmenso y crece más aún cuanto más se ensancha el corazón. Solo que a veces vuelve Ulises, sin pompa, disfrazado de pordiosero, a un reino gastado de codicia y de luchas internas. Y nosotros seguimos tejiendo y destejiendo en Ítaca, tan preocupados, que nos quedamos dormidos. ¡Feliz Navidad! 

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La tumba de Cortázar

Bajo las copas de los plátanos, la luz vuelve rosados los muros de las bóvedas. Un gato rayado duerme sobre una tumba. Los cuervos se detienen de vez en cuando sobre las cruces y estatuas. La gota de una canilla calca el ritmo de los relojes.

A la entrada del cementerio un cartel indica cómo llegar a las tumbas de personalidades como Samuel Beckett, Tristan Tzara, Marguerite Duras, Charles Baudelaire, César Vallejo, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Camille Saint Saëns y Aristide Cavaillé Coll, entre tantos otros. ¿Existe algo más irónico que el mapa de un cementerio?

La tumba de Cortázar se encuentra junto a la de su última mujer, Carol Dunlop, quien falleció en 1982, dos años antes que él. Encabeza la lápida un cronopio de mármol. Curiosamente, nunca me hubiera imaginado así un cronopio. Pero uno es libre de imaginarse como quiera a los cronopios. Sobre la tumba, cartas de amor, besos rojos de rouge estampados en la piedra, bolsitas de yerba, cigarrillos, flores, inscripciones y más cartas de amor.

Un pareja de turistas cincuentones protesta por “tanta basura” y por la “falta de respeto”. Ella frunce los labios y señala con la punta de la sandalia la superficie de la tumba. Tiene las uñas pintadas de azul. Él levanta los hombros, arrugando el rostro brillante. Permanecen un momento y apuran el paso por la avenida principal que conduce a la salida.

Se hace tarde. Cae el sol sobre París y ya se levanta la noche en Montparnasse.

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Silencio

Cita

“En realidad hay música que no contó nunca con ser oída; es más, que excluye la audición. Así ocurre con un canon a seis voces* de Johann Sebastian Bach, escrito sobre una idea temática de Federico el Grande. Se trata de una composición que no fue escrita ni para la voz humana ni para la de ningún instrumento, concebida al margen de toda realización sensorial, y que de todos modos es música como una pura abstracción. Quién sabe, decía Kretzchmar, si el deseo profundo de la Música es el de no ser oída, ni siquiera vista o tocada, sino percibida y contemplada, de ser ello posible, en un más allá de los sentidos y del alma misma.”

Thomas Mann, en Doctor Faustus

*Das Musikalische Opfer, BWV 1079. 

Gymnopédies: 125 años de un redundante encanto

Retrato que pintó Suzanne valadon, pintora impresionista, musa de Satié.

Retrato realizado por Suzanne Valadon, pintora impresionista, musa de Satié.

Este año se cumplen 125 años desde que Erik Satié publicó sus Gymnopédies. Son estas melodías melancólicas y presentan una narración musical repetitiva. Su nombre alude a antiguas danzas griegas. Algunas de ellas las escuchamos hasta el hartazgo en películas o versiones cantadas, sin embargo no pierden por eso su belleza. De lo que he escuchado prefiero Satié en piano y no en orquesta. 

Satié nació en París en 1866, y tuvo una formación fuera de lo común. Luego de componer e interpretar música de cabaret, entró en el conservatorio a los 40 años de edad. Además de sus rondas por los cabaret parisinos, fue compositor oficial y maestro de capilla de la orden Rose Croix Catholique, para la que compuso obras místicas. Más tarde compondría su extraña “Misa para pobres”. fruto de una intensa vida cultural, conoció además a pintores y gran cantidad de músicos contemporáneos, como los también franceses Maurice Ravel, Camille Saint-Saëns y Claude Debussy, entre otros. 

Una de mis piezas favoritas es Gnossienne N°3 para piano, que fue utilizada, entre muchas películas y documentales, en el largometraje argentino Miss Mary, dirigido por María Luisa Bemberg en 1986. El film, más allá de las críticas y el elenco, me parece pesimista y cae en los retratos clichés de una época. Pero es sin duda un logro la escena en que por primera vez Nacha Guevara, “Mecha” en la película, aparece tocando al piano la melodía de Satié mientras su suegra clasifica antiguas fotografías en dos pilones: las que corresponden a familiares vivos y las de parientes difuntos. La escena de la extremadamente rica y melancólica Mecha tocando el piano, que se sucederá a lo largo del film y servirá para separar bloques de acción y recrear la atmósfera de la historia, significa una curiosa relación de espejo, ya que el mismo Satié utilizaba leit motivs en sus repetitivas melodías. 

Al igual que su música, la palabra “Gnossienne” es un misterio: como las piezas no encajaban en ningún estilo, inventó esa designación.