Fin de clases #Discurso

Hace ya un par de años que en la Cátedra de Análisis del Discurso de la Universidad Austral me toca cerrar el año con A sangre fría, de Truman Capote, el exponente de lo que su autor llamó la non fiction novel. Desde agosto, con Damián, Marité y Sara, recorrimos las unidades introductorias para comprender la comunicación desde los discursos, y luego recorrer, unidad por unidad, enunciados específicos.

La non fiction novel es un género que consiste, básicamente, en narrar de forma literaria hechos reales. Capote escribió esta obra entre los años 1965 y 1966. En la Argentina,  Rodolfo Walsh había publicado Operación masacre en 1957. No se trata de quién fue primero. Es asombroso que en diversas partes del mundo, aquellos que trabajaban con las palabras estuvieran encontrando soluciones semejantes para contar los acontecimientos.

También me asombra por lo que significaron aquellos años en la historia de los estudios del lenguaje: pos giro lingüístico, plena etapa pragmática, los filósofos de Oxford inquietos por la acción de las palabras y no solo por la referencia, y la todavía reciente conversión de Wittgenstein con sus Investigaciones filosóficas. Podría continuarse con los paralelismos y asomarse a otros jardines de las humanidades. Menuda tentación. Los alumnos nos salvan de semejante zozobra.

Con A sangre fría me sucede algo particular: no es una de mis obras preferidas, sin embargo reconozco la maestría de Capote para escribirlo y estructurar el relato. Como pocas obras, al leerla en castellano me parece evidente que fue escrita en inglés. Pienso que no pudo haber sido de otro modo. A riesgo de sonar Sapir – Whorfiana, los campos de trigo de Kansas tiemblan únicamente de ese modo en la lengua de Capote.

Como pocas novelas, A sangre fría funciona discursivamente. No solo por la etapa pretextual antes de la dispositio, las investigaciones de Capote para reunir los testimonios, sino porque la obra se transforma con el tiempo: si en la década de los sesenta fue leída como un texto periodístico sobre un drama reciente, hoy puede leérsela como un texto histórico.

Una de las cosas más interesantes de esta obra es la intersección de tres horizontes: el de la familia Clutter, granjeros adventistas, víctimas puras; el de los dos asesinos, propios de una road movie, residuo pop- folk de una sociedad próspera y víctimas impuras, y el horizonte del propio Capote, que aunque hubiera nacido en Alabama, era un neoyorquino.

Sucede algo hermoso con esto: no aparecen juicios apresurados de Capote a lo largo del relato, ni se morigeran la saña y el espanto. Quizás confió lo suficiente en el lector como para delegarle la reflexión. Cuando se llega al final de la obra, se comprende algo más del complejo corazón humano. Esa es, me parece, la principal virtud de este libro. Si el pacto de lectura del periodismo se relaciona con la credibilidad, el de la non fiction novel gira en torno del sentido.

Los asesinos, de una crueldad inusitada e incomprensible, son sentenciados a la pena capital. Capote sugiere una sola pista, el epígrafe de la Balada de los ahorcados, del poeta maldito francés François Villon, en el siglo XV, que en casi todas las ediciones suele permanecer en francés y que con los alumnos trajimos al castellano:

Hermanos, quienes aún siguen con vida,
no tengan con nosotros el corazón demasiado duro,
porque si muestran piedad con estos pobres,
Dios no lo olvidará y será clemente.

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Noticias sobre El gran enero

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Desde el mes de julio, El gran enero puede comprarse en McNally Jackson Books de New York, en el 52 de Prince Street. También en los Estados Unidos, se lo encuentra en la biblioteca de la Universidad de Steubenville, a 25 minutos de Pittsburgh.

En la Argentina, El gran enero llegó a la Sede Andina de la Universidad Nacional de Río Negro, en la ciudad de San Carlos de Bariloche, y a la Sede Atlántica de la misma institución, en la ciudad de Viedma.

Siguiendo este enlace, el listado completo de librerías con sus direcciones.

Comparto varios enlaces de amigos, escritores y periodistas, a quienes agradezco  que hayan publicado en sus sitios poemas y referencias. Por orden de aparición: 

En el blog de la poeta y editora Griselda García. 

En la Revista Excéntrica, del Centro Cultural de la Cooperación, en Buenos Aires. 

En Rayos y Truenos, el blog del poeta y traductor español, Enrique García-Máiquez. 

En el blog Otra Iglesia es imposible, del poeta y traductor Jorge Aulicino.

En la Revista ViceVersa, una revista sobre la cultura de los hispanohablantes en Manhattan.

Una reseña de El gran enero en el Diario La Prensa de Buenos Aires, por el escritor y periodista Jorge Martínez.

Entrevista de Augusto Munaro, para Diario Los Andes. 

Selección en el blog de la poeta y traductora Silvia Camerotto.

Reseña en el diario La Voz, de Bahía Blanca, mi ciudad natal. 

La montaña mágica

“En cualquier caso, las autoridades ya no tenían necesidad de vigilar, porque estaban seguras de que en su pecho ya no germinaría ningún deseo de subversión, porque se había convertido en un veterano, un hombre definitivamente aclimatado que, desde hacía tiempo, ya no sabía adónde ir y ni siquiera era capaz de concebir un regreso al mundo de allá abajo. El mero hecho de sentarse a la mesa de los rusos ordinarios ponía de manifiesto una cierta despreocupación por su persona. Conste que con esto no pretendemos, en modo alguno, criticar dicha mesa. No había ninguna diferencia, ninguna ventaja ni desventaja tangible entre las siete. Si se nos permite expresarlo con cierta audacia, diremos que era una «democracia de mesas de honor»: en todas se servían las mismas comidas pantagruélicas; en todas, por turnos, se sentaba el propio Radamante, con las manos juntas sobre el plato; y todos los representantes de las diversas nacionalidades que las ocupaban eran honorables miembros de la comunidad humana, aunque no supiesen latín y aunque sus modales al comer no fuesen los más elegantes. (…)
Entonces estalló…
Pero el pudor y el recelo nos instan a no explayarnos sobre todo lo que estalló y sucedió. ¡Nada de farragosas explicaciones y exageradas hazañas! Nos limitaremos a decir en tono moderado que estalló la tempestad que todos conocemos; esa ensordecedora explosión de la fatídica amalgama entre la anestesia de los sentidos y la hipersensibilidad; una tempestad histórica —dicho con moderado respeto— que hizo tambalearse los cimientos de la tierra y que, para nosotros, sin embargo, es la tempestad que hace saltar por los aires la montaña mágica y despierta de golpe a nuestro bello durmiente. Totalmente desconcertado, se encuentra en el mundo de los despiertos y se frota los ojos como quien, a pesar de las muchas advertencias, ha pasado muchísimo tiempo sin leer los periódicos.”

Fragmento Mann, T. (1924): La montaña mágica. LeLibros. Página 2059.

Traducción de Isabel García Adánez.

 

A Summer Gone

Howard Moss - Página 1

IX

Hay un instante en que el sentimiento sabe dos cosas:
El pájaro que yace muerto y el zumbido de las alas.
Aquellos viajeros que vencieron las alturas,
Certeros hacia el sur en alguna parte,
donde las nubes son más altas y el mar más azul.
Adivinos de los trópicos, deben marcharse
donde el verano todavía se pronuncia.
Alas de otoño miden la distancia entre dos cosas.

Fragmento Gioia, D. (2002): Can Poetry Matter? Essays on Poetry and American Culture. Minneapolis: Graywolf Press.

Continuidad de los parques #Discurso

PF 1

Pasaje de planos de ficción y de enunciado.

Pasaje de planos

Una misma oración entre los dos planos.

PF 2

Segundo plano de ficción y final donde se unen ambos planos en la misma situación enunciativa.

  • Isotopía semántica. 
  • Elementos de lector pasivo. 
  • Indicios de continuidad. 
  • Alusiones metatextuales. 
  • Planos y pasaje de planos. 
  • Cambio de ritmo. De pasividad a tensión. 
  • Pasaje: La puerta del salón. 

Cortázar, J. (1964): “Continuidad de los parques”, en Todos los fuegos el fuego. Buenos Aires: Sudamericana.

Lecturas del Siglo XXI

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Publicado en TheObjective.com 

En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor cuya mayor ansia radicaba en reescribir el Quijote de la Mancha. No simplemente copiarlo. Pretendía, en cambio, replicar la exacta inspiración de Cervantes y volver a concretar su creación. Para eso debía hacerse primero con las vivencias del escritor español, cruzada, esta, al menos engorrosa para un autor del siglo XX. El método imposible de Pierre Menard consistía en ser Miguel de Cervantes.

No resulta extraño que Borges señalara esa etapa anterior a la escritura, esa “arquitectura” o “atmósfera general” – como la llamó Chesterton – que comienza a formarse durante la infancia y desde la cual los artistas crean. Es este el terreno de la inspiración que le es propio y realmente personal a un autor, algo así como un ADN creativo que lo asemeja y diferencia a otros, el humus vivencial desde donde brotan los relatos y la estética. Así, por ejemplo, la mirada de Poe, herida y lúgubre, que gustaba en detenerse en livideces y terciopelos, se emparenta con la Baudelaire, pero contrasta, otro ejemplo, con las brillantes visiones marítimas de Stevenson e incluso con Hyde.

Era aquella perspectiva anterior de Cervantes la que Menard debía conjurar para poder animar a Don Quijote. Quimera digna del caballero de la Mancha, anacrónica aventura de un literato o la descripción del lector: posiblemente Borges haya jugado con estos propósitos y con nosotros mismos para llegar a la conclusión de Quevedo y tantos otros. La lectura consiste en transitar por la geografía interior de otros hombres, quizás ya difuntos, y regresar humanamente enriquecidos. Lo repite Jesucristo, singular varón de parábolas, desde hace más de dos mil años: “de la abundancia del corazón, habla la boca”.

Apuntes sobre comunicación y literatura

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La idea de continuidad libera a la literatura de dos tentaciones: el afán estéril de anclarla en el pasado, y la intención meramente disruptiva que a menudo transforma al arte contemporáneo en un terreno de vanidades donde la novedad se erige como valor y búsqueda fundamental. Para Instituto Acton.

¿Sómos nuestros relatos? O quizás solamente nos parecemos a ellos, y a veces también los olvidamos. En la literatura de cada país y época se encuentran recurrencias que explican la identidad de los pueblos. Dos clásicos de la literatura argentina narran la necesidad de asumir al otro como algo propio. Releer esos mapas sirve para contrastar los rumbos. Para Instituto Acton.

¿Cómo escribimos hoy en día en la web y para qué usamos la escritura? Para Revista Complejidad.

La suerte de la relectura

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Para The Objective.com 

Hay libros que se recuerdan como una casa a la que siempre se podrá volver. Pero solo algunos superan la prueba de ese retorno. Existen dos tipos de relatos, además de todas las tipologías realizadas a lo largo de la entera historia de la literatura: aquellos que soportan una re-lectura y aquellos que no.

Lo segundo sucede muy seguido. Lo que nos había parecido una trama desmesurada, un amor intrigante o unos personajes verdaderamente acabados, se transforma de pronto en clichés, romances simplones y máscaras. No quiere decir que fueran malos o estuvieran mal escritos, solo que ya no son para nosotros, como unos zapatos pequeños o un castillo de muñecas. Los extensos salones ahora son estrechos como corredores. Lo que habíamos percibido como campo abierto es un rincón del jardín de la casa de la infancia.

A veces, en cambio, ocurre lo contrario, y entonces recorremos los renglones reconociendo indicios y recordando antiguas percepciones, pero descubriendo también nuevos paisajes solo perceptibles con la mirada aguzada de los años.

Se descubre que la aventura no solamente se sostenía por espadas y yelmos, y en cambio había un trasfondo de fuerzas que con la primera lectura no habíamos alcanzado; que la historia de amor no tenía únicamente el atractivo de un romance cualquiera, sino que respondía al complejo y sencillo misterio del amor humano, que los personajes no eran tan solo fantasías, y en cambio los quisimos, mucho o poco, porque nos hablaban, algunos con voz potente otros con susurros, de nosotros mismos.

La fantasía como un derecho humano

La fantasía como un derecho humano

Por Felicitas Casillo para el Instituto Acton Argentina. / Diciembre 2014

En su Ensayo Sobre los Cuentos de Hadas, J.R.R. Tolkien defendía la evasión que propicia la fantasía no como un escapismo sino como un camino para transformar la realidad.

Como resultado de una visión exclusivamente psicoanalítica, en occidente la palabra evasión connota huida, escapismo, negación, y otros vocablos asociados a la incapacidad de enfrentar la realidad. El que se evade, según esta noción, es aquel que no enfrenta los problemas de sus días y por esa misma razón no puede resolverlos. Sin embargo, existe otra definición de esta palabra, ligada a la creatividad y al arte: la evasión entendida como el acceso a un mundo fantástico que nos devuelve a la vida real, no cegados ni adormecidos, sino que por el contrario, alertas y activos.

Los días amarillos y sus noches

28 de octubre de 2014. Buenos Aires, tarde después de una tormenta.

A veces los días son amarillos. Las paredes blancas parecen entonces ambarinas, y el cielo, entre rosado y gris. Dura solo unos momentos. Quizás una hora, cuando amaina una tormenta. Después en seguida atardece y llega la noche con la oscuridad que pensamos uniforme. Cae, decimos, la noche. No caen los días, ni las mañanas. Cae la noche, trastabilla como una viuda. Los brillos de vidrios, semáforos, faroles y fuegos, se anulan con nuestros adjetivos. No matizamos. La noche negra, repetimos, y olvidamos esos tajos de claridad que la vuelven imperfecta.

Pero también, como los días, hay noches amarillas: el talón de la dama. Entonces, desde la distancia de nuestros ojos hasta la vereda adivinamos de pronto un entarimado, como si la ciudad fuera un escenario. Bajan las luces en las esquinas desde el cablerío donde cuelgan los faroles. Desaparece una silueta tras un portón. No llegamos tarde porque, ¿nos dirigimos hacia alguna parte? Una mano nos aprieta los pulmones contra el esternón. Corazonada, le dicen algunos, pero consiste en saber que moriremos todos.

Conozco algunos que huyen de los días amarillos y de sus noches: de los perfumes que nos regresan a otras estaciones de años idos, como si fuéramos esos pequeños autos que los niños llevan una y otra vez hacia atrás para que se lancen a la carrera con sus engranajes automáticos. Los perfumes son los niños, y los días amarillos y sus noches, ese cuarto de juegos que espera la leche de las cinco con vainillas.

Conozco tantos que huirían de este pulso que señala el fin, que sugiere sin pausa que trastabillará una dama, y que la dama nos preguntará la hora, con esa voz de catarro, de haber tomado frío, de ser pobre y gastar siempre un mismo vestido. Pocos verán la tela negra girando en el aire, como hongos de tinta desenvolviéndose en el agua, y las manos dulces adelantándose al piso. Pocos, muy pocos, verán en el dolor los días amarillos.