Lecturas del Siglo XXI

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Publicado en TheObjective.com 

En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor cuya mayor ansia radicaba en reescribir el Quijote de la Mancha. No simplemente copiarlo. Pretendía, en cambio, replicar la exacta inspiración de Cervantes y volver a concretar su creación. Para eso debía hacerse primero con las vivencias del escritor español, cruzada, esta, al menos engorrosa para un autor del siglo XX. El método imposible de Pierre Menard consistía en ser Miguel de Cervantes.

No resulta extraño que Borges señalara esa etapa anterior a la escritura, esa “arquitectura” o “atmósfera general” – como la llamó Chesterton – que comienza a formarse durante la infancia y desde la cual los artistas crean. Es este el terreno de la inspiración que le es propio y realmente personal a un autor, algo así como un ADN creativo que lo asemeja y diferencia a otros, el humus vivencial desde donde brotan los relatos y la estética. Así, por ejemplo, la mirada de Poe, herida y lúgubre, que gustaba en detenerse en livideces y terciopelos, se emparenta con la Baudelaire, pero contrasta, otro ejemplo, con las brillantes visiones marítimas de Stevenson e incluso con Hyde.

Era aquella perspectiva anterior de Cervantes la que Menard debía conjurar para poder animar a Don Quijote. Quimera digna del caballero de la Mancha, anacrónica aventura de un literato o la descripción del lector: posiblemente Borges haya jugado con estos propósitos y con nosotros mismos para llegar a la conclusión de Quevedo y tantos otros. La lectura consiste en transitar por la geografía interior de otros hombres, quizás ya difuntos, y regresar humanamente enriquecidos. Lo repite Jesucristo, singular varón de parábolas, desde hace más de dos mil años: “de la abundancia del corazón, habla la boca”.

Los días amarillos y sus noches

28 de octubre de 2014. Buenos Aires, tarde después de una tormenta.

A veces los días son amarillos. Las paredes blancas parecen entonces ambarinas, y el cielo, entre rosado y gris. Dura solo unos momentos. Quizás una hora, cuando amaina una tormenta. Después en seguida atardece y llega la noche con la oscuridad que pensamos uniforme. Cae, decimos, la noche. No caen los días, ni las mañanas. Cae la noche, trastabilla como una viuda. Los brillos de vidrios, semáforos, faroles y fuegos, se anulan con nuestros adjetivos. No matizamos. La noche negra, repetimos, y olvidamos esos tajos de claridad que la vuelven imperfecta.

Pero también, como los días, hay noches amarillas: el talón de la dama. Entonces, desde la distancia de nuestros ojos hasta la vereda adivinamos de pronto un entarimado, como si la ciudad fuera un escenario. Bajan las luces en las esquinas desde el cablerío donde cuelgan los faroles. Desaparece una silueta tras un portón. No llegamos tarde porque, ¿nos dirigimos hacia alguna parte? Una mano nos aprieta los pulmones contra el esternón. Corazonada, le dicen algunos, pero consiste en saber que moriremos todos.

Conozco algunos que huyen de los días amarillos y de sus noches: de los perfumes que nos regresan a otras estaciones de años idos, como si fuéramos esos pequeños autos que los niños llevan una y otra vez hacia atrás para que se lancen a la carrera con sus engranajes automáticos. Los perfumes son los niños, y los días amarillos y sus noches, ese cuarto de juegos que espera la leche de las cinco con vainillas.

Conozco tantos que huirían de este pulso que señala el fin, que sugiere sin pausa que trastabillará una dama, y que la dama nos preguntará la hora, con esa voz de catarro, de haber tomado frío, de ser pobre y gastar siempre un mismo vestido. Pocos verán la tela negra girando en el aire, como hongos de tinta desenvolviéndose en el agua, y las manos dulces adelantándose al piso. Pocos, muy pocos, verán en el dolor los días amarillos.

Bajo el libre cielo

Joyas / Pupas tejidas por insectos - Hubert Duprat

Generalmente Facundovich no lee. Me sigue las conversaciones sobre literatura con la paciencia de una abuela. Suele, sin embargo, acertar más que yo, y más de una vez me sugirió algún argumento o me recomendó títulos valiosos. Al principio me molestaba un poco esa sapiencia natural que tiene, el comentario siempre justo, el consejo indicado aunque a veces incómodo, pero con el tiempo me acostumbré. Se lo conté un día, y él se frenó repentinamente sobre la vereda, alzó sus rasgos de ícono ruso y largó una carcajada. Un enredo de gorriones pasó rozándonos las cabezas. No me quedé esperándolo. A veces creo que me mira con asombro, como si yo le recordara a alguien.

 “Arrójate fuera de ese frágil y mezquino escenario donde se está siempre representando tu propio enredo, y verás: de pronto, bajo el libre cielo, te encontrarás paseando con toda tranquilidad por en medio de una calle espléndidamente poblada de individuos que te son extraños.”

G. K. Chesterton 

Foto: Joyas / Pupas tejidas por larvas de insectos. Experimento del artista francés Hubert Duprat. Realizadas con limaduras de monedas, mostacillas y piedras.

El Nombre

Borges lo intuyó: el rabino de Praga no pudo hallarse en el Golem como sí en cambio se reflejaron Fierro y Cruz.

“(…) única escritura

nunca rehecha por nadie,

la de Aquel

que escribió en la arena, ganada

por el viento, embrujante poesía

de lo eternamente indescifrable.”

Poemas selectos, Alberto Girri 

“El mar a la tierra pregunta tu nombre,

la tierra a las aves que tienden su vuelo;

las aves lo ignoran; preguntan al hombre,

y el hombre lo ignora; pregúntanlo al cielo.

El mar con sus ecos ha siglos que ensaya

formar ese nombre y el mar no penetra

misterios tan hondos, muriendo en la playa,

sin que oigan los siglos o sílaba o letra.”

Himno, Vísperas, SII.

No fuimos justos con Ricardo

“Canta sin preocuparte de los otros que cantaron.

¿Quieres ser original?

¿Buscas lo que no se ha dicho?

¿Huyes de lo que es humano? ¡Vanidad!

Hurga en tu alma y no corras tras vanos penachos de orgullo.

Canta con todos los poros de tu alma.

Sé sincero.

Así dirás lo que te es personal y lo que nos es común.

Así el hombre al leerte dirá:

‘Esto es muy suyo. Esto es muy nuestro'”

R. G.

A Ricardo Güiraldes lo leímos en el colegio. El programa se limita al título Don Segundo Sombra y a una visita a San Antonio de Areco, el pueblo donde transcurre la historia. Se debate todavía sobre si es una novela de gauchos escrita por un estanciero, a diferencia del Martín Fierro donde (parece) es el mismo gaucho el que canta.

Pero no fuimos justos con Ricardo (aunque la justicia en literatura es literatura). Por dos razones no fuimos justos: lo limitamos a lo gauchesco, cuando sus historias expresan dramas universales. (Drama universal es una expresión horrible y gastada, pero quiero decir exactamente eso.) Güiraldes tuvo algo de Dostoyevski, algo de ruso estepario, atormentado por la sospecha de un destino más grande que su presente. Y fuimos también injustos porque limitándolo a la temática costumbrista nos perdemos de apreciar ese entramado cuidadoso con el que narra: disponiendo las frases como si se tratara de dormir fieras en una vitrina para que no se nos vengan encima. Abran al azar Don Segundo o Raucho y van a ver que esa escritura alegra el corazón.

Hay unos libritos suyos de poemas, angostos y desconocidos: Poemas místicos, El sendero, entre algunos otros. Lo adivino, a través del tiempo y la distancia, durante alguna tarde de domingo, vencido de tristeza y vicio, mucho más grande, Ricardo, que la memoria con la que te perdimos.

4. INFINITO

Mi Dios.

Bajo tu amparo escribo.

Por mi boca tan chica se empequeñece tu amor por las cosas que están en Ti sin disminuirte.

Tu palabra en mi se reduce, y yo en Ti me agrando.

Pobre cosa tuya sufro de sobrarme a mí mismo,

y mi alma camina en la frase como un ciego lleno de luz.

Dame tu ley para que así crezca hasta merecer nombrarte.