Cezslaw Milosz, por Simja Sneh

“Yo sólo les remití los salmos.”

C.M.

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Abuelo cántabro, de Leopoldo Marechal

1

Abuelo, ayer las riendas

poderosas del agua entre tus manos.

Y la guerra del mar en tus oídos:

¡Oh metales crueles,

oh ejército animoso de la espuma!

Hoy, al sur, y más dulce que un castigo, la tierra

pesando en tus rodillas.

 

(Y, nauta o labrador, tu gesto es puro

como un revuelo de palomas a mediodía.

Y envidiable tu ciencia como una fruta de oro

bajo una red de plata.)

 

2

En el día más bello del año lo contemplo

sentado en los umbrales

del más hermoso día:

 

su corazón, abeja rumorosa

prendida en los estambres de la mañana,

¡oh mieles!

 

Y acaso repartiendo como el agua

su voz entre los hombres y las pintadas bestias;

y el Idilio que duerme

recostado en su pecho…

Así lo miro, y su alabanza pesa

como un racimo de uvas moradas en el día

más alegre del año.

 

3

Saber el fruto amado de la tierra,

según el sol y animales celestes;

adivinar el ritmo

futuro de los vientos

por el semblante de la luna nueva;

pedir el agua en tiempos de sequía

y agradecer al Cielo las mareas del cielo;

dejar caer el peso de la mano

sobre los no rendidos animales,

o acariciar las testas que se inclinan

al solo peso de la voz;

tal es tu ciencia y tu ademán, abuelo,

dirigidos al fruto

y a su ronda perenne.

No por el fruto, sino por el gesto

de afianzar un antiguo

principado en la tierra.

(Un cetro reverdece y un castigo perdura

en la mano del hombre

que levanta los frutos.)

 

4

Tu ciencia es envidiable, tal una poma de oro

bajo una red de plata:

Ciencia de Segador (la plenitud

de la miel y del signo

redondea los frutos.

Y en el mar o en la tierra Segador es tu nombre

y es un nombre difícil

de llevar con altura.

Porque, si el pez brotó de la mar  en tu anzuelo

fue grosura de amor

de las aguas, abuelo;

y cuando el arma rinde

su vuelo montaraz

peso de amor del aire se llama la torcaz;

y si la fruta colma tu mano y tu sudor

nunca será en tu mano

sino un peso de amor.

 

Tanto el idioma de los frutos habla.

Y el segador que lleva

su nombre con altura

debe acabar en fruto, porque sabe

la ciencia de los pesos amorosos:

debe rendir su peso de amor el que ha gustado

la miel y el signo de la fruta.

 

5

Y en el día sin hiel tu riqueza no sabe

de cuños ni graneros,

poderoso mendigo:

tu riqueza es un agua que se va de las manos

por la virtud antigua de tu mano.

Y es justo que se vaya, y conveniente,

porque al brazo del hombre

se dio forma de puente;

y cuando el brazo niega su oficio y maestría

se llama Puente Roto,

según la ingeniería.

(Tu corazón maduro y ofrecido

como un racimo de uvas pesadas en el día

más alegre del año.

Tu elogio, como el vino de la tarde.)

 

6

Sentado con honor en la balanza

de la justicia,

centro de un mundo firme

su vertical de hombre,

así lo he visto, y crece su figura

en las mañanas de oros y de platas.

 

Abriendo y cerrando el día

con la señal de la cruz

y perdurable como

las maderas antiguas

o los antiguos bronces castigados

en la mañana de oros y de platas

así lo miro y su estatura crece.

 

El sol está en su barba que no ha mesado nadie

sino el viento.

 

Marechal, L. (2005). Largo día de cólera. Buenos Aires, Argentina: Ediciones Colihue.

Feliz cumpleaños, …morisqueta

Oh! it is absurd to have a hard and fast rule about what one should read and what one shouldn’t. More than a half of modern culture depends on what one shouldn’t read.

Algernon, en The importance of being Earnest, de Oscar Wilde.

Hace diez años, un 28 de mayo de 2008, nacía este blog. Empezó como parte de los trabajos prácticos de la cátedra de Marita Grillo, que yo cursaba en ese entonces. A partir de ese momento y con periodicidad variable, fui publicando textos, artículos e imágenes. Este sitio retrata mis olvidos y persistencias.

Si tuviera que eligir el carácter de …morisqueta – ese fue siempre su nombre, con los puntos suspensivos imposibles al comienzo- sería el de un gabinete de curiosidades. Los lectores de esta expresión son un puñado de amigos y alumnos, locales en su mayor parte, pero también algunos en Estados Unidos, España e Italia, más los familiares de la Argentina y Austria. Acaso esa lectura amiga sea el mayor valor de esta página.

…morisqueta tuvo sus momentos de brillo: la invitación de Santiago Alonso al ciclo de sitios de interés cultural del CCC-SADE o su aparición, a instancias de Mario Orsini, en una lista de bitácoras culturales de latinoamérica, propiciada por IguAnalista. Casi siempre, el fasto le fue ajeno y mantuvo su carácter de sumidero discursivo: aquí figuran, en enlaces, artículos, entrevistas e imágenes, todo lo que he escrito dentro y fuera de internet, a excepción de algunas notas publicadas en las revistas del Grupo Keep Rolling. Todos esos “juegos del lenguaje” resuenan todavía en el salón.

Muchos de los visitantes esporádicos de este blog han llegado googleando “cómo se prepara la morisqueta” o cosas por el estilo. Morisqueta es el nombre de una comida filipina, pero morisqueta significa también mueca burlona: “ardid o treta propia de moros”, me sugiere el DRAE. Varias veces me contuve de cambiarle el nombre. Supongo que en el fondo me gusta esta afirmación de desenfado. Escribir un blog es también un modo de aprender algo sobre el silencio.

Por más años de expresión y amistad, entonces. Feliz cumpleaños, …morisqueta.

Poemas sobre Roma, de Rafael Alberti #Italia

“La Roma, en fin, antioficial y antimonumental, la más antigoethiana que pueda imaginarse.” Vittorio Bodini (Bari, 1914 – Roma, 1970).

Sacerdote, Rafael Alberti

Lo que dejé por ti 

Ah! cchi nun vede sta parte de monno

Nun za nnemanco pe cche cossa e nato.

G. G. Belli

Dejé por ti mis bosques, mi perdida

arboleda, mis perros desvelados,

mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.

 

Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

 

Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

 

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

 

Cometa

Me salí antes del alba para ver el cometa.

Desde los puentes contemplé la luna,

buscando por el cielo.

Nadie miraba. Despertaba Roma.

Las hojas del otoño por las calles,

a lo largo del Tíber,  se movían más lentas

que los recién despiertos transeúntes

que sin mirar al cielo caminaban.

Quizás yo fuera el único

que había salido para mirar algo

aquella madrugada, en toda Roma.

 

Lagartija 

Lagartija romana,

al sol por los tejados.

¿Bajo qué humilde teja

escondes tu palacio?

 

Ya eres de bronce verde,

ya de oro azul opaco.

¿De qué orfebre has salido,

en qué cuello has soñado?

 

Fija, miras el cielo,

los árboles lejanos,

las torres y las cúpulas,

los muros agrietados.

Luego, graciosamente,

te alejas, paseando.

 

Nocturno 

Está vacía Roma, de pronto. Está sin nadie.

Solo piedras y grietas. Soledad y silencio.

Hoy la terrible madre de todos los ruidos

yace ante mí callada igual que un camposanto.

Como un borracho, a tumbos, ando no sé por dónde.

Me he quedado sin sombra, porque todo está a oscuras.

La busco y no la encuentro. Es la primera noche

de mi vida en que ha huido la sombra de mi lado.

No adivino las puertas, no adivino los muros.

Todo es como una inmensa catacumba cerrada.

Ha muerto el agua, han muerto las voces y los pasos.

No sé quién soy e ignoro hacia dónde camino.

La sangre se me agolpa en mitad de la lengua.

Roma me sabe a sangre y a borbotó la escupo.

Cruje, salta, se rompe, se derrumba, se cae.

Solo un hoyo vacío me avisa en las tinieblas

lo que me está esperando.

 

Peligro 

De las ventanas vacías,

la voz de los siglos muertos

baja, callada, en la noche.

Pero al lado vive alguien,

algunos que están durmiendo,

tranquilamente en alcobas

que han salvado de la muerte.

Más hay siempre la amenaza

de un esqueleto astillado

que no duerme.

 

1

El agua de las fuentes innumerables. Duermo

oyendo su infinito

resonar. Agua es

aquí en Roma mi sueño.

2

Sigue charlando el agua de las fuentes

completamente ajena

a todo, indiferente.

Lo que dice es tan solo lo que suena.

3

Agua de Roma para mi destierro,

para mi corazón

fuera de sus dominios tantas veces.

4

Agua de Roma para mis insomnios,

esos largos oscuros en que pueblo los techos

de mí, mudas imágenes,

que apenas si conozco.

Agua para los pobres, los mendigos

esos que se abandonan al borde de las fuentes

y se quedan dormidos.

Agua para los perros vagabundos,

para todas las bocas sedientas, de pasada,

agua para las flores y los pájaros,

para los peces silenciosos, agua

para el cielo volcado con sus nubes,

con su luna, su sol y sus estrellas.

Pero sobre todo,

agua solo sonido, repetición constante,

agua sueño sin fin,

agua eterna de Roma.

Agua.

San Pedro, Rafael Alberti

Alberti, R. (1968). Roma, peligro de caminantes. Cádiz, Ediciones del Litoral. 

El amigo lector y el lector amigo

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Hace pocos días, mi amigo Baldrich me envió esta foto que tomó durante la Noche de las Librerías. La imagen me causó alegría y diversión, y me hizo pensar en esto: en un tiempo de audiencias y mediciones, de impacto y difusión viral, ojalá nuestras creaciones fueran una oportunidad para pasar del intercambio de mercado al intercambio en comunidad. Y esto sin connotaciones económicas, más bien místicas: común unión en las palabras, en la Palabra.

Un poema sobre Habermas

Una de mis poesías, Las canciones del Valle de Josafat, fue publicado en Otra Iglesia es imposible.

Una enfermera conduce a Jürgen Habermas
a través de los senderos de boj.
Comienza entonces la tentación del ocaso:
¿A quién le importa ahora la esfera pública,
viejo maestro alemán?
Pobre de nosotros, continúa el estribillo,
cuerpos blandos sin coraza sobre bandejas de sal.

Junto a la mesa del parque,
cuando el sol talla esmeraldas,
el siglo madura frente a sus ojos,
y los cien años anteriores son una extensión dividida
en parterres al comienzo y le siguen trincheras,
vergeles amurallados, baldíos.
¿Dónde están ahora los judíos mayores?
Celosos hortelanos, se han dormido.
En las multitudes que calentaban sus manos contra el fuego,
¿lo supieron?,
buscaban el fugitivo gesto de un mesías.
Pero se hace tarde sobre el mundo
y acaso sea razonable el juicio en el amor.

¿Escucha, profesor, por sobre los demonios de vísperas?
Llegan desde el futuro
las canciones del Valle de Josafat.

Noticias sobre El gran enero

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Desde el mes de julio, El gran enero puede comprarse en McNally Jackson Books de New York, en el 52 de Prince Street. También en los Estados Unidos, se lo encuentra en la biblioteca de la Universidad de Steubenville, a 25 minutos de Pittsburgh.

En la Argentina, El gran enero llegó a la Sede Andina de la Universidad Nacional de Río Negro, en la ciudad de San Carlos de Bariloche, y a la Sede Atlántica de la misma institución, en la ciudad de Viedma.

Siguiendo este enlace, el listado completo de librerías con sus direcciones.

Comparto varios enlaces de amigos, escritores y periodistas, a quienes agradezco  que hayan publicado en sus sitios poemas y referencias. Por orden de aparición: 

En el blog de la poeta y editora Griselda García. 

En la Revista Excéntrica, del Centro Cultural de la Cooperación, en Buenos Aires. 

En Rayos y Truenos, el blog del poeta y traductor español, Enrique García-Máiquez. 

En el blog Otra Iglesia es imposible, del poeta y traductor Jorge Aulicino.

En la Revista ViceVersa, una revista sobre la cultura de los hispanohablantes en Manhattan.

Una reseña de El gran enero en el Diario La Prensa de Buenos Aires, por el escritor y periodista Jorge Martínez.

Entrevista de Augusto Munaro, para Diario Los Andes. 

Selección en el blog de la poeta y traductora Silvia Camerotto.

Reseña en el diario La Voz, de Bahía Blanca, mi ciudad natal. 

A Summer Gone

Howard Moss - Página 1

IX

Hay un instante en que el sentimiento sabe dos cosas:
El pájaro que yace muerto y el zumbido de las alas.
Aquellos viajeros que vencieron las alturas,
Certeros hacia el sur en alguna parte,
donde las nubes son más altas y el mar más azul.
Adivinos de los trópicos, deben marcharse
donde el verano todavía se pronuncia.
Alas de otoño miden la distancia entre dos cosas.

Fragmento Gioia, D. (2002): Can Poetry Matter? Essays on Poetry and American Culture. Minneapolis: Graywolf Press.

Lecturas del Siglo XXI

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Publicado en TheObjective.com 

En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor cuya mayor ansia radicaba en reescribir el Quijote de la Mancha. No simplemente copiarlo. Pretendía, en cambio, replicar la exacta inspiración de Cervantes y volver a concretar su creación. Para eso debía hacerse primero con las vivencias del escritor español, cruzada, esta, al menos engorrosa para un autor del siglo XX. El método imposible de Pierre Menard consistía en ser Miguel de Cervantes.

No resulta extraño que Borges señalara esa etapa anterior a la escritura, esa “arquitectura” o “atmósfera general” – como la llamó Chesterton – que comienza a formarse durante la infancia y desde la cual los artistas crean. Es este el terreno de la inspiración que le es propio y realmente personal a un autor, algo así como un ADN creativo que lo asemeja y diferencia a otros, el humus vivencial desde donde brotan los relatos y la estética. Así, por ejemplo, la mirada de Poe, herida y lúgubre, que gustaba en detenerse en livideces y terciopelos, se emparenta con la Baudelaire, pero contrasta, otro ejemplo, con las brillantes visiones marítimas de Stevenson e incluso con Hyde.

Era aquella perspectiva anterior de Cervantes la que Menard debía conjurar para poder animar a Don Quijote. Quimera digna del caballero de la Mancha, anacrónica aventura de un literato o la descripción del lector: posiblemente Borges haya jugado con estos propósitos y con nosotros mismos para llegar a la conclusión de Quevedo y tantos otros. La lectura consiste en transitar por la geografía interior de otros hombres, quizás ya difuntos, y regresar humanamente enriquecidos. Lo repite Jesucristo, singular varón de parábolas, desde hace más de dos mil años: “de la abundancia del corazón, habla la boca”.

Los días amarillos y sus noches

28 de octubre de 2014. Buenos Aires, tarde después de una tormenta.

A veces los días son amarillos. Las paredes blancas parecen entonces ambarinas, y el cielo, entre rosado y gris. Dura solo unos momentos. Quizás una hora, cuando amaina una tormenta. Después en seguida atardece y llega la noche con la oscuridad que pensamos uniforme. Cae, decimos, la noche. No caen los días, ni las mañanas. Cae la noche, trastabilla como una viuda. Los brillos de vidrios, semáforos, faroles y fuegos, se anulan con nuestros adjetivos. No matizamos. La noche negra, repetimos, y olvidamos esos tajos de claridad que la vuelven imperfecta.

Pero también, como los días, hay noches amarillas: el talón de la dama. Entonces, desde la distancia de nuestros ojos hasta la vereda adivinamos de pronto un entarimado, como si la ciudad fuera un escenario. Bajan las luces en las esquinas desde el cablerío donde cuelgan los faroles. Desaparece una silueta tras un portón. No llegamos tarde porque, ¿nos dirigimos hacia alguna parte? Una mano nos aprieta los pulmones contra el esternón. Corazonada, le dicen algunos, pero consiste en saber que moriremos todos.

Conozco algunos que huyen de los días amarillos y de sus noches: de los perfumes que nos regresan a otras estaciones de años idos, como si fuéramos esos pequeños autos que los niños llevan una y otra vez hacia atrás para que se lancen a la carrera con sus engranajes automáticos. Los perfumes son los niños, y los días amarillos y sus noches, ese cuarto de juegos que espera la leche de las cinco con vainillas.

Conozco tantos que huirían de este pulso que señala el fin, que sugiere sin pausa que trastabillará una dama, y que la dama nos preguntará la hora, con esa voz de catarro, de haber tomado frío, de ser pobre y gastar siempre un mismo vestido. Pocos verán la tela negra girando en el aire, como hongos de tinta desenvolviéndose en el agua, y las manos dulces adelantándose al piso. Pocos, muy pocos, verán en el dolor los días amarillos.

Bajo el libre cielo

Joyas / Pupas tejidas por insectos - Hubert Duprat

Generalmente Facundovich no lee. Me sigue las conversaciones sobre literatura con la paciencia de una abuela. Suele, sin embargo, acertar más que yo, y más de una vez me sugirió algún argumento o me recomendó títulos valiosos. Al principio me molestaba un poco esa sapiencia natural que tiene, el comentario siempre justo, el consejo indicado aunque a veces incómodo, pero con el tiempo me acostumbré. Se lo conté un día, y él se frenó repentinamente sobre la vereda, alzó sus rasgos de ícono ruso y largó una carcajada. Un enredo de gorriones pasó rozándonos las cabezas. No me quedé esperándolo. A veces creo que me mira con asombro, como si yo le recordara a alguien.

 “Arrójate fuera de ese frágil y mezquino escenario donde se está siempre representando tu propio enredo, y verás: de pronto, bajo el libre cielo, te encontrarás paseando con toda tranquilidad por en medio de una calle espléndidamente poblada de individuos que te son extraños.”

G. K. Chesterton 

Foto: Joyas / Pupas tejidas por larvas de insectos. Experimento del artista francés Hubert Duprat. Realizadas con limaduras de monedas, mostacillas y piedras.

El Nombre

Borges lo intuyó: el rabino de Praga no pudo hallarse en el Golem como sí en cambio se reflejaron Fierro y Cruz.

“(…) única escritura

nunca rehecha por nadie,

la de Aquel

que escribió en la arena, ganada

por el viento, embrujante poesía

de lo eternamente indescifrable.”

Poemas selectos, Alberto Girri 

“El mar a la tierra pregunta tu nombre,

la tierra a las aves que tienden su vuelo;

las aves lo ignoran; preguntan al hombre,

y el hombre lo ignora; pregúntanlo al cielo.

El mar con sus ecos ha siglos que ensaya

formar ese nombre y el mar no penetra

misterios tan hondos, muriendo en la playa,

sin que oigan los siglos o sílaba o letra.”

Himno, Vísperas, SII.

No fuimos justos con Ricardo

“Canta sin preocuparte de los otros que cantaron.

¿Quieres ser original?

¿Buscas lo que no se ha dicho?

¿Huyes de lo que es humano? ¡Vanidad!

Hurga en tu alma y no corras tras vanos penachos de orgullo.

Canta con todos los poros de tu alma.

Sé sincero.

Así dirás lo que te es personal y lo que nos es común.

Así el hombre al leerte dirá:

‘Esto es muy suyo. Esto es muy nuestro'”

R. G.

A Ricardo Güiraldes lo leímos en el colegio. El programa se limita al título Don Segundo Sombra y a una visita a San Antonio de Areco, el pueblo donde transcurre la historia. Se debate todavía sobre si es una novela de gauchos escrita por un estanciero, a diferencia del Martín Fierro donde (parece) es el mismo gaucho el que canta.

Pero no fuimos justos con Ricardo (aunque la justicia en literatura es literatura). Por dos razones no fuimos justos: lo limitamos a lo gauchesco, cuando sus historias expresan dramas universales. (Drama universal es una expresión horrible y gastada, pero quiero decir exactamente eso.) Güiraldes tuvo algo de Dostoyevski, algo de ruso estepario, atormentado por la sospecha de un destino más grande que su presente. Y fuimos también injustos porque limitándolo a la temática costumbrista nos perdemos de apreciar ese entramado cuidadoso con el que narra: disponiendo las frases como si se tratara de dormir fieras en una vitrina para que no se nos vengan encima. Abran al azar Don Segundo o Raucho y van a ver que esa escritura alegra el corazón.

Hay unos libritos suyos de poemas, angostos y desconocidos: Poemas místicos, El sendero, entre algunos otros. Lo adivino, a través del tiempo y la distancia, durante alguna tarde de domingo, vencido de tristeza y vicio, mucho más grande, Ricardo, que la memoria con la que te perdimos.

4. INFINITO

Mi Dios.

Bajo tu amparo escribo.

Por mi boca tan chica se empequeñece tu amor por las cosas que están en Ti sin disminuirte.

Tu palabra en mi se reduce, y yo en Ti me agrando.

Pobre cosa tuya sufro de sobrarme a mí mismo,

y mi alma camina en la frase como un ciego lleno de luz.

Dame tu ley para que así crezca hasta merecer nombrarte.