Mr Darwin’s question

Bruce Chatwin1

  • Fragmento Chatwin, B. (1977): In Patagonia. London: Picador.
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Al río las cenizas

“Cuando era muy chica iba a pasear con otros niños por los campos. Muy cerca de Domrémy hay un árbol llamado el Árbol de las Damas al cual otros llaman el Árbol de las Hadas… es un árbol enorme al que también llaman Hermoso Mayo. A la sombra del Hermoso Mayo tejíamos coronas para nuestra Señora de Domrémy y las colgábamos en sus ramas.”  Memorias de Santa Juana de Arco. 

“(…) mandaron a los soldados que tiraran sus restos a las aguas del Sena. Y ellos arrojaron al río las cenizas de esta doncella (…).” Juana de Arco, de H. Belloc. 

Sena- París

Francisco

Festejos por Francisco, el nuevo Papa argentino, en la Catedral Primada de Buenos Aires.

Del latín: “pontis”, puentes; “ifice”, constructor. Pontífice: el constructor de puentes.

Montones de personas se juntaron en la Catedral de Buenos Aires el último 13 de marzo, desde las 19 hasta cerca de las 24, para rezar por el nuevo Papa. Todos tenían una anécdota para contar. Habían asistido a las Misas, lo habían saludado alguna vez, habían charlado o escuchado sus homilías. Con enorme alegría nadie terminaba de creérselo. ¡Tenemos Papa y el Papa es argentino! La historia que más escuché fue esta: “Siempre, cuando terminabas de hablar con él, te decía ‘rezá por mí’, ‘recen por mí’.” Desde ayer, Bergoglio es Francisco, el vicario de Cristo en la tierra. Como siempre, volvió a pedirle al mundo: “recen por mí”.

Medio siglo sin Lewis

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En 2013 se cumplen cincuenta años de la muerte de Clives Staples Lewis, o simplemente Jack Lewis o Lewis, para sus contemporáneos. El autor británico murió en noviembre de 1963, en Oxford, a la edad de 65 años. Este aniversario podría significar solamente un dato cultural, si no fuera porque las historias que escribió formaron parte de mi infancia y por ende, me acompañarán toda la vida. 

Cuando tenía ocho años mi hermana me pasó siete libros gastados. Cada tomo de un color. Las tapas blandas, con unos dibujos llamativos de vivos colores. Eran Las crónicas de Narnia. Corría el año 1994, aún faltaba demasiado para que editaran las películas, que a mi modo de ver no le hacen justicia al texto original.

Siempre me ocurre lo mismo, con el tiempo, quizás se me olvidan puntos importantes de las historias que leo, pero lo que sí permanece es la sensación de cómo me hicieron sentir esos libros. Después, descubrí que con las personas sucede en realidad lo mismo. Olvidamos mucho de ellas, pero no olvidamos cómo nos trataron, si nos sonrieron o no, si nos ayudaron, si se explicaron, si nos regalaron su tiempo sin pedir absolutamente nada a cambio.

De Las crónicas recuerdo la casa de un fauno, con suelo de piedra roja, las golosinas que obsequiaba una reina y que en la traducción nombraban como “delicias turcas”. También recuerdo los vestidos de las protagonistas, y los pantalones cortos y las gorras de los varones. Puedo distinguir el exacto olor de una brumosa estación inglesa de trenes. Siempre esperé que mis muchas mascotas soltaran por fin una palabra, y entiendo que los anillos de plástico podrían ser las llaves hacia otros mundos. Acierto a imaginar el sabor de la carne de oso, y no hay vez, cuando veo a las señoras con abrigos de piel durante los inviernos, que no piense en un león, en una bruja y en un ropero.

Mucho tiempo después leí una biografía de Lewis, y vi Shadowlands, Tierra de sombras, la película dirigida por Richard Attenborough en 1993, sobre la vida del escritor (Anthony Hopkins) y de cómo se enamoró de una poeta norteamericana, que finalmente falleció de cáncer. La vida de Lewis no fue un cuento de hadas, aunque seguramente fue maravillosa, y quizás precisamente por eso, porque sufrió enormemente, realizó la hazaña de tantos otros artistas, músicos y escritores: la de producir belleza como una de las formas más nobles de darle sentido al dolor.

*Recomiendo Cartas del Diablo a su sobrino (The Screwtape Letters),  Sorprendido por la alegría, Una pena en observación y La experiencia de la lectura.

Saint Exupéry odiaba Buenos Aires

Saint Exupery Dibujo 2

Posiblemente el Principito sea uno de los personajes más famosos de la literatura universal. Pero algo especial tiene la historia de este niño rubio, y no es solo su espléndido sobretodo largo, que hasta inspiró el vestuario de Gustavo Cerati: azul por fuera, rojo por dentro, con estrellas amarillas sobre los hombros. Siempre pensé que debería ser de terciopelo.

Hasta acá, demasiado edulcorado. Perdón. Es imposible no referirse a El Principito cuando se quiere hablar de Antoine de Saint Exupéry, Saintex o Saintexu, como le decían los amigos. Además de su obra más conocida, leí Piloto de Guerra y Vuelo Nocturno. Ambos relatos me interesaron sobre todo por lo poéticos que resultan. Piloto de guerra desarrolla de forma brillante una crítica filosófica al mundo moderno, mientras que Vuelo Nocturno fue escrito en la Argentina, cuando el escritor trabajaba en la sucursal porteña de una empresa de correos francesa, y narra los viajes en avión entre Buenos Aires y la Patagonia.

Siempre me había llamado la atención que el autor de una de las historias más famosas del mundo hubiera vivido en la Argentina, y fantaseaba con que hicieran una película sobre su vida y apareciéramos nosotros. Pido perdón por esta especie de ilusión ególatra tan popular entre los argentinos. Nuestra excesiva preocupación por la imagen “que le damos al mundo” delata que no nos consideramos parte de ese mundo, como quien se disfraza de lo que no es para asistir a una fiesta a la que cree que no fue invitado.

Este verano leí Cartas a una amiga inventada. Un librito de menos de cien páginas que se lee fácilmente en un día. Las cartas son dirigidas a una tal Rinette, una amiga real a quien el autor suma condimentos ficticios. Antoine envía estas epístolas con bromas, pensamientos y consejos, desde sitios tan dispares como París, Casablanca, Lisboa, Toulouse y Tánger. Hasta acá un libro bonito y punto, sobretodo por los dibujos del autor que sin duda son lo que más me gustó, algunos de los cuales incluyo en este texto.

Cuando vi que las últimas cartas estaban fechadas “Buenos Aires, 1930”, sonreí pensando que finalmente conocería algo más sobre la vida del autor en el país. Pero según lo que leí, Saint Exúpery no la pasó demasiado bien en la Capital. Al parecer, como director de la compañía Aeropostal Argentina y ganando  el abultado sueldo de veinticinco mil francos al mes, el autor de El principito se aburría terriblemente, coleccionando en su departamento de Reconquista 240 “objetos que nunca servirán para nada, que aborrezco desde el momento en que me pertenecen y de los que, sin embargo, cada día, aumento el montón”.

Qué decepción para mi ego cuando describe a Buenos Aires como una “enorme ciudad de cemento”, tan asfixiante como un monumento egipcio: “me sentiría igual de ligero en pleno centro de la Gran Pirámide”. Luego se desquita con nuestro clima: “Me pregunto si hay estaciones en Buenos Aires. Me pregunto de qué forma la primavera podrá atravesar estos millares de metros cúbicos de hormigón”, y finalmente, remata con una irónica alusión a los argentinos: “para colmo de desgracias aquí están también los argentinos”.

Solo te corrijo en una, Saintex, por justicia a tantos jacarandás, lapachos y jazmines: la primavera sí sabe llegar a esta ciudad. El resto te lo perdono y caigo en un lugar común. Quizás, las ciudades sean como los zorros y para que se vuelvan únicas antes se las deba domesticar.

Saint Exupery Dibujo 1

Gymnopédies: 125 años de un redundante encanto

Retrato que pintó Suzanne valadon, pintora impresionista, musa de Satié.

Retrato realizado por Suzanne Valadon, pintora impresionista, musa de Satié.

Este año se cumplen 125 años desde que Erik Satié publicó sus Gymnopédies. Son estas melodías melancólicas y presentan una narración musical repetitiva. Su nombre alude a antiguas danzas griegas. Algunas de ellas las escuchamos hasta el hartazgo en películas o versiones cantadas, sin embargo no pierden por eso su belleza. De lo que he escuchado prefiero Satié en piano y no en orquesta. 

Satié nació en París en 1866, y tuvo una formación fuera de lo común. Luego de componer e interpretar música de cabaret, entró en el conservatorio a los 40 años de edad. Además de sus rondas por los cabaret parisinos, fue compositor oficial y maestro de capilla de la orden Rose Croix Catholique, para la que compuso obras místicas. Más tarde compondría su extraña “Misa para pobres”. fruto de una intensa vida cultural, conoció además a pintores y gran cantidad de músicos contemporáneos, como los también franceses Maurice Ravel, Camille Saint-Saëns y Claude Debussy, entre otros. 

Una de mis piezas favoritas es Gnossienne N°3 para piano, que fue utilizada, entre muchas películas y documentales, en el largometraje argentino Miss Mary, dirigido por María Luisa Bemberg en 1986. El film, más allá de las críticas y el elenco, me parece pesimista y cae en los retratos clichés de una época. Pero es sin duda un logro la escena en que por primera vez Nacha Guevara, “Mecha” en la película, aparece tocando al piano la melodía de Satié mientras su suegra clasifica antiguas fotografías en dos pilones: las que corresponden a familiares vivos y las de parientes difuntos. La escena de la extremadamente rica y melancólica Mecha tocando el piano, que se sucederá a lo largo del film y servirá para separar bloques de acción y recrear la atmósfera de la historia, significa una curiosa relación de espejo, ya que el mismo Satié utilizaba leit motivs en sus repetitivas melodías. 

Al igual que su música, la palabra “Gnossienne” es un misterio: como las piezas no encajaban en ningún estilo, inventó esa designación. 

Internet: una amable galería virtual

Por Felicitas Casillo,  Estudios Sobre Arte y Comunicación, de la Universidad de La Laguna, la Universidad de Alicante y la Universidad de Santiago de Compostela. 

“La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana,

un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas

me enseñaron a apreciar los gestos.

En cambio y posteriormente, la vida me aclaró los libros.”

Marguerite Yourcenar

El papel, protagonista en el Malba

Por Felicitas Casillo, publicado en Diario Tiempo de otros Tiempos.

El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires cumple sus primeros diez años. Los festejos incluyeron la muestra Papeles modernos. De Toulouse-Lautrec a Picasso, que pudo disfrutarse en los meses de marzo, abril y mayo. Una exhibición para detener la mirada en los trazos y detalles.

Líneas que conforman rostros, cuerpos, expresiones: labios, narices y ojos. Lo realmente maravilloso de la muestra con la que el Malba abrió el año es que la mayoría de los dibujos y bocetos están incompletos. Muestran el proceso creativo anterior a la obra de arte: el ensayo, la prueba y el error que sustentan la genialidad. Aunque no todas las piezas sirvieron de pre experiemento, si un concepto se evidencia en la muestra del Malba es esta exploración sobre papel de los detalles, líneas y proporciones de los cuerpos.

El nombre de la exposición es Papeles modernos. De Toulouse-Lautrec a Picasso, y además de las obras de los dos artistas que dan nombre a la muestra, se exhiben dibujos y grabados de Honoré Daumier, Carlo Carrà, José Gutiérrez Solana, Federico García Lorca y Giorgio de Chirico, Amedeo Modigliani, Marc Chagall, André Lhote, James Ensor, Georges Rouault, Henri Matisse, Pablo Picasso, Käthe Kollwitz, Georges Braque y Paul Klee, entre otros. Papeles modernos incluye una selección de 85 obras sobre papel, pertenecientes a la Colección del Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA).

Sobre papel

Organizada como parte de los festejos por los primeros diez años de Malba, el objetivo de la exposición es poner en valor una parte de las obras sobre papel de la escuela europea del MNBA —que no han sido exhibidas en conjunto por más de tres décadas— y destacar la importancia del papel como soporte de la producción de los artistas modernos de los siglos XIX y XX.

“Desde tiempos lejanos, el papel ha sido el gran compañero de los artistas. De él se valen tanto para esbozar la primera idea de una obra como para presentarlo, muchas veces, como elemento fundamental de una pieza definitiva, convirtiéndolo en protagonista”, explicó Ángel Navarro, curador de la exposición.

La muestra se organiza en siete núcleos temáticos: los estudios (bocetos y esbozos), los desnudos, la figura individual y los grupos, los retratos, la elocuencia de la imagen (emblemas y alegorías), los paisajes urbanos y el papel como medio de difusión.

Se trata de dibujos realizados con grafito, acuarela, aguada, témpera, tiza, carbonilla y otros materiales, y grabados en técnicas tan variadas como la xilografía, el aguafuerte, aguatinta, la punta seca o la litografía. Igual de diversos resultan los tipos de papel —tanto artesanal como industrial— y soportes utilizados, entre los que se encuentran el cartón, el papel entelado, la madera y la tela.

Los artistas utilizan el dibujo de diversas maneras: como boceto, por ejemplo, o en estudios parciales en los que observan cómo resolver un detalle complicado, una pose difícil o los problemas que pueden presentar una o varias figuras de esa nueva obra. Sin embargo, también existen dibujos independientes que los artistas hacen libremente, dedicados a diferentes temas o géneros que no están relacionados con obras en proceso de realización. “Son trabajos que surgen como exploración, experimentación o búsqueda de determinados temas, estudios libres que eventualmente podrían ser usados en una obra futura. También pueden ser dibujos que documentan la pieza que un artista produce, y que éste guarda en su taller”, explica Navarro.

Además de los dibujos, los artistas modernos contaron con el grabado, una técnica que se usó para reproducir la obra con fines de divulgación, pero que también fue utilizada para producir obras independientes. “Muchas de las piezas que aquí se exponen tienen que ver con esta situación, aunque en algunos casos provienen de series que se realizaron como obra independiente y de gran importancia”, sostiene Navarro. Tal es el caso de los grabados de Georges Rouault (1871-1858) presentes en la exposición, que pertenecen a la serie monumental que publicó en 1948 bajo el título Miserere, en la que contempla las trágicas consecuencias de la guerra y la miseria. Son éstas imágenes oscuras, de anchos contornos negros, que comunican la tristeza de esa etapa.

De esta manera, el papel se convirtió en el soporte fundamental de los dibujos y grabados de los artistas modernos, al que recurrieron libremente según sus necesidades expresivas.

La pelirroja de Toulouse

Con Henri de Toulouse-Lautrec (1864–1901), se acrecienta el rol del papel como material expresivo. Entre 1891 y 1901, el artista francés confeccionó una treintena de afiches en los que se anunciaban los artistas de los clubes nocturnos parisinos, que se destacan por su resolución de color, su composición y la representación cálida, humana y sensual de los personajes.

Algunos de estos afiches pueden verse en esta muestra. Este es el caso de Divan Japonais, donde se observa a una elegante parisina con cabellos anaranjados, sombrero emplumado y un vestido negro que resalta su estilizada figura. Detrás de ella, un caballero de barba rubia la observa o escucha con atención la música. Más allá de estas dos figuras centrales, aparecen los instrumentos: chelos y violas. La fiesta está a pocos pasos de la elegante parisina que se interpone ante el espectador. Ella sin embargo, pierde la mirada en el extremo izquierdo de la imagen y descansa el abanico sobre la mesa en la que dejó su copa. Esto es Divan Japonais.

Observar el grabado desde lejos, en una de las paredes del Malba, y acercarse paso a paso es casi una ceremonia. Ya más cerca del papel, podrán verse las texturas de la tinta, la modulación efectiva del negro y el dinamismo de las manchas que difuminan el fondo. El visitante imagina entonces y reconstruye la imagen de una ciudad perdida, una París de cabaret y suburbios, en cuyas paredes lucieron alguna vez los avisos de Toulouse- Lautrec.

La inocencia de Matisse

A su vez, en los dibujos de Henri Matisse (1869-1954), la línea protagoniza la imagen y apela a la valoración del fondo, donde el papel aparece sin ningún tratamiento. Este es el caso uno de los dibujos exhibidos: el rostro de una niña de parpados rasgados, ojos claros, con marcadas pupilas, nariz larga y recta, boca tenue y cabellos sobre la frente. Con una media sonrisa, la niña del dibujo observa hacia el extremo superior derecho. ¿Quién será?, ¿habrá existido alguna vez?, ¿cuál será su nombre?, son estas preguntas perfectas, porque nunca conoceremos respuestas certeras. La única pista, que no dice más de lo que ya vemos, es el título del dibujo, “Fillette”, que significa “chica”.

Tres mujeres para Picasso

Para Pablo Picasso (1881-1973), el dibujo también fue una práctica cotidiana, utilizada no sólo como apoyo para la preparación de sus obras. Pero además del dibujo, Picasso también hizo del grabado otro medio de expresión de gran importancia, como puede verse en Tres desnudos de pie y estudios de cabezas, de 1927, presente en la exposición.

En esta pieza se aprecian tres figuras de pie, dos enfrentadas y una central que observa hacia el punto donde está el espectador. Las tres son mujeres, y parecen conversar sobre algún asunto de cierta seriedad. La figura central asume un rol conciliador y apoya sus brazos en los hombros de las otras dos figuras.

Un halo de sombra las rodea, sin embargo, partes de sus cuerpos aparecen despojadas de cualquier línea: son aquellas zonas a las que llega la luz. Picasso realizó las siluetas intercalando una serie de rayas finas, entrecruzadas de tal manera que conforman un cuadriculado. En la otra mitad del papel, el artista español ensayó rostros jóvenes, exceptuando uno solo: un hombre barbudo y desalineado. Los otros nueve rostros son casi aniñados y rozagantes.

La España eterna de García Lorca

En el caso de Federico García Lorca (1898-1936), el papel fue un soporte fundamental para mostrar otra faceta de su personalidad artística, tal como lo demuestra su pequeño Paisaje, realizado en la hoja de un cuaderno de notas, presente en la exposición.

“La tarde equivocada se vistió de frío. Detrás de los cristales, turbios, todos los niños, ven convertirse en pájaros un árbol amarillo”, escribió Federico García Lorca en uno de sus poemas, también llamado Paisaje.

La muestra del Malba incluye un dibujo del poeta, en tinta marrón. Los trazos de Federico no se ven como las experimentadas líneas de Daumier o de Picasso. Sin embargo, este dibujo se identifica plenamente con el acento hispánico de todas sus poesías. “La tarde está tendida a lo largo del río.

Y un rubor de manzana tiembla en los tejadillos”, seguía el poeta. Sin dudas, su España natal, la obsesión por calles empedradas, fuentes, aljibes, tejados y amores, se reflejan no solo en su poesía, sino que también están presentes en sus dibujos.

El terror, según Ensor

Al belga James Ensor se lo identifica usualmente con el expresionismo y el surrealismo. Sus dibujos, grabados y pinturas recuerdan por sus atmósferas misteriosas y tenebrosas a los cuentos de Edgar Allan Poe. De hecho, el grabado realizado por medio de aguafuerte con punta seca, de 1904, Les péchés capitaux dominés par la Mort, que significaría Los pecados capitales dominados por la muerte, grafica lo espeluznante, el terror y el infierno. En este caso Madame la Mort, ícono de representación clásico a lo largo de la historia del arte, no es una bella mujer, sino un esqueleto alado, cuya calavera desdentada rige sobre los siete rostros que representan cada uno de los siete pecados capitales: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. El observador se pregunta qué pecado representará cada uno de esos perturbados rostros.

Los aficionados de Daumier

Les amateurs d’estampes realizado por medio de tinta y aguada sobre papel muestra a dos coleccionistas de estampillas que miran con atención algunos de los ejemplares que atesoran en un gran álbum. La luz entra por el lado izquierdo de la imagen, aunque las sombras ocupan más del cuarto superior izquierdo. Este efecto de claridad superficial y oscuridad de fondo confiere una acabada sensación de profundidad. En el frente, los dos coleccionistas. Ancianos con bigotes y calvicies, en la oscuridad del cuarto, evalúan el valor de tal o cual estampilla. Aunque no se observa ni pipas ni cigarros, los dos cuerpos están rodeados de líneas ascendentes que se asemejan a lentas volutas de humo.

Esta pieza del caricaturista, pintor, dibujante y escultor francés Honoré Daumier atrapa las tranquilas horas de estos dos personajes, que nos provocan similares preguntas a la Fillete de Matisse.

El origen de la colección

En Argentina, entre fines del siglo XIX y la primera mitad del XX, un gran número de coleccionistas se interesó por las obras sobre papel. “La preferencia por la obra sobre papel visible en el coleccionismo activo durante la primera mitad del siglo XX no marcaba simplemente la elección de un soporte físico, sino la predilección por un modelo visual singular. Buenos Aires mostraba una cultura del papel que en el campo artístico se manifestaba a través del gusto por los grabados y dibujos”, escribe Marcelo Pacheco, curador en jefe de Malba, en el ensayo Papeles europeos modernos, colecciones y coleccionistas porteños, incluido en el catálogo de la exposición.

Sin embargo, aclara que es difícil arriesgar una hipótesis acerca de sus preferencias. “En algunos podría pensarse en el factor económico como determinante. La obra sobre papel tenía un valor de mercado mucho más accesible que la pintura. Sin embargo, no es un argumento válido para todos los conjuntos;

es más, se muestra aplicable sólo a una minoría. (…) Las colecciones no se presentaban como el resultado de la falta de medios, sino como gestos de valoración del papel en sus más diversas manifestaciones. Sus decisiones destacaban el privilegio expresivo y conceptual del dibujo como huellas de ideas que traza el hacer artístico”, afirma Pacheco.

El curador destaca que “resulta interesante comprobar cómo en Italia, país donde se generaron movimientos vanguardistas en la primera mitad del siglo XX, las formas tradicionales del dibujo siguen siendo utilizadas por los artistas”. Esto puede observarse en varios de los trabajos que se incluyen en esta exposición: Estudio para una adoración de los pastores, de Felice Carena (1879-1966); Pareja (1943), de Carlo Carrà (1881-1966) –uno de los fundadores del movimiento futurista y mentor, junto con Giorgio de Chirico, de la pintura metafísica–, y Pensativa, de Felice Casorati (1883-1963).

“En el heterogéneo conjunto proveniente de la colección del Museo Nacional de Bellas Artes, compuesto con artistas extranjeros, debe señalarse que muchos fueron los que abrieron caminos en los planteos plásticos y técnicos, facilitando la multiplicidad de expresiones que el arte de nuestros días nos brinda. Si exceptuamos el inmenso campo que hoy presenta el arte virtual, en la mayoría de sus expresiones el papel sigue desempeñando un lugar muy importante”, concluye Navarro.

Chimichurri: una historia de mala pronunciación

Por Felicitas Casillo.

Pero a quién le importa la pronunciación, cuando el sabor es excelente. Online Baires les cuenta cómo nació el adobo que amamos los argentinos. Al final, proponemos una receta para este domingo.

Puede prepararse con ingredientes frescos o ya secos.

Hay quienes lo preparan con rito y mito. Con rito, porque pican los ingredientes milimétricamente, y con mito, porque generalmente se practica alguna receta de abuela acriollada, que tenía clarísimo esto de proporcionarle sabor a la carne. Damas, caballeros, con ustedes el chimichurri, esa salsa argentina que hasta cuando la nombramos- será por su nombre sonoro, con tanta ‘ch’ y ‘r’- nos hace chirriar la boca y despertar el apetito. Pero, ¿cuál es el origen del manjar? ¿A quién echarle la culpa de este vicio dominguero?

Repasemos la historia, que en libros polvorientos o venerables memorias canosas, suele darnos muchas respuestas. Al parecer, a mediados del siglo XIX, llegó a la Argentina un comerciante inglés, llamado Jimmy Curry. El personaje en cuestión pretendía importar carne al Reino Unido. Recordemos que por aquellos años se vivía en nuestro país el auge del llamado “Modelo Agro Exportador”, que se basaba en la exportación de cereales y productos primarios derivados de la ganadería. El transporte de carne se vería propiciado años más tarde, a fines del siglo XIX, con la creación del frigorífico. Pero cuando Don Curry arribó a las pampas, la carne solamente podía comprarse como tasajo, es decir, como cortes conservados en sal.

Durante una de sus recorridas por la Provincia de Buenos Aires, el inglés llegó a una estancia de Cañuelas. Sería ya la media mañana, pero como se estila en el campo, donde los peones se levantan incluso antes de los primeros albores del día, ya estaba encendido el fuego para asar unos churrascos. El inglés quedó fascinado ante el espectáculo de las parrillas y el exquisito aroma de la leña y la carne asada. Cuando preguntó con qué acompañaban semejante banquete, los peones, arremangados y con los facones en mano, le respondieron que con nada más que pan.

Ni lerdo, ni perezoso, ni tampoco zonzo, Jimmy pidió algunos ingredientes y rumbeó para unos troncos que servían como asientos. Allí, picó ajíes, tomates, cebollas y ajos. A estos, les agregó algunas especias, como orégano, romero y tomillo. Finalmente, sumó agua tibia y sal y mezcló todo en un jarro. Los peones miraban pasmados cómo el gringo chorreaba la salsa sobre la carne, y cuando la probaron, la receta los conquistó de una vez para siempre.

Pasaron los días y Jimmy Curry se volvió a sus pagos, allende el Atlántico. En las parrillas de aquella estancia de Cañuelas perduró por varios días el olor de la particular mezcla, y después de un tiempo, alguno propuso preparar el adobo que había hecho aquel hombre rubio, venido de tan lejos y que hablaba tan raro. Como no sabían el nombre, los gauchos comenzaron a llamar a la salsa con el nombre del inglés, pero como tampoco sabían pronunciarlo, comenzaron a decirle chimi – churri, que más o menos, si no nos ponemos exigentes, suena parecido al nombre del caballero en cuestión.

Así nació – o así se comenta que nació- nuestro adobo preferido para el asado del domingo. Y esto, amigos, es creer o reventar, pero no sin antes picar unos cuantos ingredientes. Aquí va una receta tentativa que me ha llegado de familia. A diferencia de otras, los ingredientes son frescos, con excepción del orégano y la pizca de pimienta.

Pique una cebolla o dos- dependiendo del tamaño de las mismas y del hambre de los comensales. Agregue dos o tres dientes de ajo, también finamente picados. Si quiere lograr un sabor un poco más suave, sumerja el ajo y la cebolla picada en agua caliente durante unos instantes y luego escurra y coloque en un frasco. Llene el frasco con agua hasta la mitad. Llene luego un tercio del frasco con aceite de oliva – ¡benditos italianos!-, y agregue otro tercio de vinagre. Cierre el recipiente y sacúdalo para que se mezcle. Añada una pizca de sal y pimienta, y deje reposar. Por otro lado pique en trocitos muy pequeños un morrón y un ramito de perejil. Agréguelos al frasco y por último añada orégano seco. Cuantas más horas pasen del momento de preparación hasta que se lo pruebe, el preparado tendrá mejor sabor. Aconsejo preparar el chimi un par de días antes del asado.

Un quilombo antes era otra cosa

Por Felicitas Casillo, publicado en Revista Quilombo.

La canción del pueblo, por Emilio Pettoruti.

Aunque siga siendo una verdad que se mira de costado, el tango funda su origen en lo afro. Y esto puede verse en la muestra “La historia negra del tango” donde exponen una amplia variedad de documentos que dan cuenta del contexto social en el que se gestó este género musical. La exposición es en el Museo Casa Carlos Gardel (Jean Jaurés 735) y continúa hasta el 21 de mayo.

Esta muestra, a cargo del curador Norberto Pablo Cirio, rescata la relación que tuvo la población negra con el ritmo arrabalero. A través de una selección de instrumentos, artículos, fotos, partituras y demás objetos significativos, el visitante puede apreciar la síntesis que existió entre la cultura local y la afroamericana, especialmente, hacia finales del siglo XIX y principios del XX.

La música esclava

Los historiadores consideran que durante la colonia, los negros representaban un 30 % de la población. La mayoría de ellos trabajaba para las grandes casas de la aristocracia porteña y vivía en los barrios sureños de Monserrat, San Telmo y San Cristóbal. Con el tiempo, este grupo étnico se dispersó e instaló en diferentes puntos de la ciudad y de la provincia. Sin embargo, la última vez que se censó a la población africana en la Argentina fue en 1887, por lo tanto, hoy en día cualquier porcentaje al respecto es incierto. Algunos aventuran que significaría un 3 % de los habitantes del país, pero se espera que el censo 2010 sea el que arroje cifras exactas sobre el tema.

Desde la época colonial, entonces, los negros hicieron música. La mayoría de las veces, esos ritmos eran europeos y los aprendían durante las lecciones que se dictaban a los niños aristócratas. Las casonas del siglo XIX eran amplias pero conectadas, por lo tanto, los acordes que resonaba en los salones llegaban hasta los patios y la cocina, donde los negros fregaban y cocinaban. Después, en los recreos o festejos, reproducían esas melodías, agregándole el tambor y el tono del candombe. Es la forma sonora de entender la vida lo que llevaba a esos pobladores a cantar sus tristezas y alegrías. Extrañamente, ese rasgo expresivo también estuvo en los orígenes del tango.

El empuje del carnaval

El curador Norberto Pablo Cirio, quien trabaja en el Instituto Nacional de Musicología “Carlos Vega”, sostiene a través de los textos que se exhiben en la muestra, que fue hacia 1870 cuando los afroporteños comenzaron a participar en los carnavales. Existían en ese momento dos tipos de comparsas: las que tenían influencias europeas y las de influencia africana. Ya en ese entonces, la cultura europeizante, que terminaría de afianzarse al principio del siglo XX, comenzaba a marcar tendencias. La mayoría se volcaba a los carnavales de tipo europeo, de coloridos arlequines, con máscaras, antifaces y calzas. Se considera que fueron estas comparsas el origen incierto del tango, un nacimiento paulatino y trabajoso, quizás porque aunó poblaciones de diferente procedencia y culturas casi antagónicas. Esta realidad, puede observarse en las excelentes pinturas de arlequines músicos que pintó el artista argentino Emilio Pettoruti (1892-1971).

A pesar de que los géneros musicales hoy en día están diferenciados y se distinguen claramente, en ese entonces y en el contexto invertido del carnaval no era tan así. Los ritmos se fusionaban; instrumentos africanos interpretaban música tradicional europea; voces con acentos extraños cantaban el español, despertándole sonidos a madera, a agua y a selva. Lo mismo ocurrió con la mazurca, el vals y la polca, géneros estos de la música criolla, que al mezclarse generaron una mixtura novedosa y “sui generis”.

Piringundines y quilombos

Los estudiosos del tango fijan el inicio del memorable periodo conocido como “Guardia Vieja” hacia 1897, con la creación del tango “El entrerriano”, compuesto por Rosendo Mendizábal, un afroporteño. A partir de entonces, esta música urbana, llorosa pero fiestera al mismo tiempo, sonó sin descanso en “las casas de baile”, eufemismo decente con el que se denominaba a los piringundines o prostíbulos. Además del baile y de la melodía, eran estos, ámbitos para cultivar amistades emparentadas con el prestigio del compadrito, hecho a base de reyerta y reto. No por nada, a estos locales pronto se los denominó “quilombos”, nombre con el que se denominaba a los prostíbulos por las ruidosas peleas que allí ocurrían.

Entre los más conocidos intérpretes y compositores locales de origen africano se destacaron Alejandro Vilela, “el negro cototo” Almeida, Eusebio Aspiazu, “El mulato” Sinforoso, Dafne Zenon Rolón y Ruperto Leopoldo “el africano” Thompson, entre muchos otros. Dos nombres merecen especial mención: Guillermo Barbieri y José “el negro” Ricardo, quienes además de compositores, fueron guitarristas de Carlos Gardel, incluso Barbieri murió con “el zorzal porteño” en el desafortunado accidente aéreo de Medellín.

Olvido, memoria ingrata

Importantes personalidades tangueras, ya en el siglo XX, han recordado y tratado el tema de las raíces africanas. Sebastián Piana, Cátulo Castillo, Francisco Canaro, Hugo del Carril, Osvaldo Sosa Cordero, León Benarós y Homero Manzi. Sin embargo, la muestra que se exhibe en el Museo Casa Carlos Gardel documenta que existe en la Argentina cierto prejuicio social para contar la historia de la comunidad africana rioplatense. Quizás por ser un ámbito doliente, de personajes relegados, la mayoría de las veces infelices o despechados, el tango sea una de las pocas actividades que perpetuó los aportes de este grupo étnico.

La buena memoria de los gauchos

taller

Francisco, en su taller, en General Madariaga, Provincia de Buenos Aires

Francisco Madero Marenco es un jóven pintor de apenas 28 años. Nieto del gran pintor argentino Eleodoro Marenco, Francisco continúa el rescate de las costumbres rurales del gaucho y de los caballos.

    • ¿Cómo empezaste a pintar y más o menos a qué edad? ¿Estudiaste pintura?

Empecé de muy chico: ya en los primeros grados de primaria me la pasaba dibujando en clase. Siempre mis compañeros me pedían que les haga dibujos y mis padres ya decían que había salido a mi abuelo por la habilidad que tenÍa. A los 10 años comencé a pintar con pastel, y mi abuelo en su última exposición de 1991 me ofreció exponer dos obras mías, junto a una de mi madre y otra de mi tío, es algo de familia creo. No estudie pintura, porque como era chico, le dijeron a mamá que dejara que me desarrolle primero solo y que de más grande si quería estudiara. Y lo que paso, es que de mas grande, me incliné más por estudiar el campo, los caballos, temas costumbristas y temas históricos, y todo eso hizo que dejara un poco de lado el estudio de la técnica de la pintura.

    • ¿Siempre te dedicaste a las pinturas costumbristas o alguna vez incursionaste en otro tipo de expresión?

Durante algunos años, cuando empecé a pintar con pastel, pinté cabezas de perros y de caballos. Eso fue del año 90 al 96, después seguí con el dibujo de temas tradicionales, exclusivamente. Y en el año 1998 incursioné en la pintura con óleo hasta hoy en día: sólo pinto sobre temas del campo argentino del siglo XIX y principios del XX. De hecho pinto sólo porque me interesa ese tema, sino no pintaría.

pinturaUno de sus últimos óleos: un gaucho cruza una cañada con su tropilla de bayos.

    • La mayoría de los artistas de tu edad se dedican a otro tipo de pintura, ¿cómo afrontás el desafío de seguir apostando por la tradición argentina?

Es algo que llevo adentro y me hace feliz poder hacerlo. El desafío es ir aprendiendo cada día más sobre nuestras tradiciones, para poder mostrarlas de la forma más fiel y más cercana a la realidad de cómo fueron las cosas. Hay muchos temas en los que se ha distorsionado bastante la realidad. En muchos casos, se deformó tanto la historia, que el desafío más grande es tratar de saber cuál fue la verdad. Por ejemplo, el ” gaucho” no está tan bien visto en el común de la gente como el “indio”, es como que está de moda ser indigenista. No tengo nada contra los indios, pero sepamos quién fue quién y cómo era cada uno… Esto pasa, creo, por ignorancia, la gente repite pero la mayoría nunca se detuvo a estudiar el tema. Por eso hay que ser cuidadoso y siempre investigar lo máximo posible.

    • Tu temática gira siempre alrededor del hombre de campo. Ante la crisis política que vivimos, ¿cómo fue tu compromiso con el sector que representás?

Bueno, yo estudié la carrera Economía y Administración Agrarias en la UBA, y además de vivir en el campo administro un campo de cría. Así que estoy bastante vinculado a la realidad productiva del sector.

Durante la parte más dura del conflicto, estuve en forma activa en Gral. Madariaga organizando, junto con otros auto convocados y la Sociedad Rural, entregando panfletos informativos en la rotonda y en las movilizaciones. Creo que esta vez, vimos que si nos logramos organizar y unir, podemos lograr muchas cosas. Igualmente, la situación es muy complicada con este tipo de gobiernos autistas, demagógicos, dictatoriales que se quieren hacer ver como democráticos….

    • Hablando de tus pinturas, ¿en qué te parecés y en qué te diferencias de Eleodoro Marenco?

Creo que lo más parecido son los temas en sí, no tanto en la técnica de la pintura. Además yo solo pinto con óleo, mientras que mi abuelo pintó con casi todas las técnicas. En mi opinión, sus acuarelas son impresionantes y son donde él se desarrolló más. Y, me diferencio también por una cuestión de tiempo: él pintó con óleo ya de grande, mientras que dibujaba y pintaba con acuarelas ya desde muy chico. En esto el también fue autodidacta.

Lo que no logré, ni tampoco ninguno de los pintores costumbristas existentes, es darles a las figuras el movimiento que él les daba, tanto a gauchos como a caballos. Él lograba sentar a un paisano de a caballo como nadie.

plaza

El 11 de noviembre último, a caballo, en la reciente inauguracion de la plaza Eleodoro Marenco, en las calles Yrupé, Cosquin, Amancay y Monte, en el barrio de Mataderos.

dibujoMítico dibujo de un criollo, realizado por Eleodoro Marenco.

    • ¿Salís al campo a retratar o pintás tomando como base las costumbres que ya conocés?

Pinto en mi taller sólamente, en mi casa, pero mi base de inspiración es una combinación de varias cosas: lo que veo, lo que me imagino sobre lo que estoy viendo: de cómo habrá sido antes un lugar o las distintas escenas que se me van ocurriendo, y también obviamente lo que leo. Siempre usando documentación, ya sea escrita o fotográfica, de archivos o museos.

tallermEl taller y los óleos

    • Muchos de tus cuadros son imágenes de la historia del campo argentino y de sus protagonistas, de sus gauchos, arrieros, caballadas. Pasaron los años y el campo cambió, aunque mucho de todo aquello siga vivo, ¿te interesa retratar ese cambio?

Me interesa la evolución, pero sólo hasta la etapa en que se va perdiendo la existencia del Gaucho, que es la base de mi interés. Sería hasta que se acabaron los últimos reseros, que fueron la última expresión del Gaucho. No me interesa pintar el campo argentino hoy. Quizás lo haga alguien más adelante. Me interesa rescatar algo que hemos dejado que se vaya perdiendo…que es nuestra tradición y los valores que encierra la figura del gaucho. Como decía mi abuelo:”no hay que sobredimensionarlo…pero tampoco hay que olvidarlo, ya que el gaucho dio todo sin pedir nunca nada a cambio”.

    • ¿Qué proyectos artísticos tenés para el futuro?

Primero, seguir en ésto, tratando de mejorar cada día. Con respecto a proyectos concretos, trato de realizar una exposición en Capital Federal todos los años. También, intento participar en muestras en el interior, en exposiciones rurales o fiestas de alguna ciudad o pueblo, como Tandil, Tapalque, Rafaela, Rosario, Córdoba y otros lugares más, para difundirlo por todo el país. Y el año que viene voy a realizar, además de la de acá, una exposición en una galería de arte que tiene la Embajada Argentina en París, así que hay que trabajar duro, siempre con pasión y muy agradecido a Dios de poder hacerlo.

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El tiempo quieto de las pulgas

Nació en 1928 como un mercado de verduras. Pero en los ochenta comenzó a funcionar bajo el nombre de Mercado de Las Pulgas de Dorrego. Entre las 10 y las 19 horas, de lunes a domingos, el pasado se oferta entre las calles Conde y Dorrego, en el barrio de Colegiales.

LLovía y era temprano. Otro día de lluvia en el Mercado de Las Pulgas de Dorrego. Evaristo López, vendedor de mimbres y de lámparas, acomodó una palangana de zinc sobre dos tomos de una enciclopedia Espasa Calpe, para resistir el agua de las tantas goteras. “Es como si a una carnicería le cortes la electricidad”, explicó el puestero, y con la vista fija en el techo agregó: “una gota y las canastas y muebles se hinchan. Cuando llueve perdemos plata”.

 

El Mercado de Las Pulgas se encuentra en la manzana de las calles Conde, Dorrego, Martínez y Concepción Arenal. Pero no siempre estuvo allí: desde 1928 hasta 2005, funcionó en el predio de Niceto Vega y Dorrego. En sus comienzos, era un mercado de verduras, donde los quinteros de la zona, en su mayoría inmigrantes napolitanos, vendían sus productos. En 1986, luego de sufrir la apertura del Mercado Central de Buenos Aires, el Dorrego se reinventó como una feria de recuerdos.

 

En 2005, el Ministerio de Ambiente y Espacio Público lo reubicó en el galpón que ocupa en la actualidad. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires argumentó que el antiguo predio debía sanearse, pero la Asociación de Puesteros del Mercado de Pulgas nunca quedó conforme con lo resuelto. “No es lo mismo”, aseveró Hilda Torres, mientras pintaba sus labios finos frente a uno de los espejos del puesto: “no vendemos ni un cuarto de lo que vendíamos antes”, explicó.

 

El mercado cuenta con seis pasillos. Cada uno se denomina con una letra distinta de la palabra “pulgas”. Los trecientos puestos del predio atesoran un universo impredecible: viejos decorados de teatros y películas, piezas de porcelana por $20, muebles con el estilo de los sesenta, muñecas de ojos tiesos, paragüeros con manijas de márfil por $500, boquillas de vidrio verde, marcos dorados que rondan los $300, juguetes de latón, sifones de la marca Fraga por $15, estampas de Perón, máquinas de coser Singer, arañas con más de trecientos caireles, yesqueros italianos, entre otras muchas cosas bellas, valiosas o simplemente inútiles.

 

A media mañana, una comitiva de japoneses abordó el mercado y comenzó el parpadeo incesante de las cámaras de fotos. Mientras tanto, Claudio Nazar, alias “Claudio Pocas Pulgas”, no le hacía justicia a su apodo y regalaba a los extranjeros monedas nacionales de los años setenta. “Acá todo se habla. Los precios son un bardo”, bromeó el vendedor octogeneario y agregó: “antes sólo vendíamos. Hoy tenemos fletes, ofrecemos cursos de restauración y alquilamos muebles a productoras de cine, para que recreen escenografías”.

 

El humo de la parrilla del patio trasero comenzaba a percibirse en el aire de la feria. Varios puesteros calentaban sus manos cerca del fuego, con la vista fija en la carne que se asaba lentamente sobre una parrilla improvisada con el elástico de una cama. Pero a pesar de que era la hora del almuerzo, los visitantes no dejaban de llegar. “¡Hoy es martes, y a las tres abre Tony!”, exclamó una jóven estudiante de teatro que pasó corriendo por el pasillo “S”, hacia un pequeño puesto polvoriento.

 

Tony Valiente tiene 74 años y asegura que Carlos Gardel se le apareció en sueños y le vaticinó la muerte de Tita Merello. Tony es fabricante de sombreros. Los compone con monedas, medallas, pájaros embalsamados, teclas de pianos, estampas de San Expedito, llaves, clavos, anteojos y caramelos. “Soy una especie de pulga creativa. Busco objetos que el común de los mortales descarta. Yo les doy otra oportunidad enhebrándolos a mis sombreros. El arte siempre da segundas oportunidades”, sugirió Valiente y, bajando la voz, agregó: “Alan Faena me compró una gorra, y me dijeron que la Reina de España tiene uno de mis tapices”.

 

[Video de Tony Valiente: 45 segundos]

 

 

Por Felicitas Casillo

 

Durante la tarde, los clientes no dejaban de preguntar precios, de ofrecer montos, de regatear con tesón y de llevarse por fin un objeto. “No me fijo sólo en que los muebles estén rescatables… las cosas son símbolos. Un espejo, por ejemplo, no es sólo un marco dorado y la superficie dura. Un espejo es todo los rostros que alguna vez se reflejaron en él”, definió Josefina Legger, una de las clientas, mientras manipulaba un biombo en busca del cartel con el precio.

 

Símbolos de años, años y más años, por unos cuantos pesos, a limpiar su pátina de polvo.  Y en una época en la que casi todos los mercados se llaman súper como primer nombre, el Dorrego no le teme ni al polvo ni a los años. Pero por las dudas, todos los relojes que se venden en sus puestos, desde los cucús de cedro, hasta los de cadena y broche de plata, tienen las agujas quietas y los engranajes mudos.