Poemas sobre Roma, de Rafael Alberti #Italia

“La Roma, en fin, antioficial y antimonumental, la más antigoethiana que pueda imaginarse.” Vittorio Bodini (Bari, 1914 – Roma, 1970).

Sacerdote, Rafael Alberti

Lo que dejé por ti 

Ah! cchi nun vede sta parte de monno

Nun za nnemanco pe cche cossa e nato.

G. G. Belli

Dejé por ti mis bosques, mi perdida

arboleda, mis perros desvelados,

mis capitales años desterrados

hasta casi el invierno de la vida.

 

Dejé un temblor, dejé una sacudida,

un resplandor de fuegos no apagados,

dejé mi sombra en los desesperados

ojos sangrantes de la despedida.

 

Dejé palomas tristes junto a un río,

caballos sobre el sol de las arenas,

dejé de oler la mar, dejé de verte.

 

Dejé por ti todo lo que era mío.

Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,

tanto como dejé para tenerte.

 

Cometa

Me salí antes del alba para ver el cometa.

Desde los puentes contemplé la luna,

buscando por el cielo.

Nadie miraba. Despertaba Roma.

Las hojas del otoño por las calles,

a lo largo del Tíber,  se movían más lentas

que los recién despiertos transeúntes

que sin mirar al cielo caminaban.

Quizás yo fuera el único

que había salido para mirar algo

aquella madrugada, en toda Roma.

 

Lagartija 

Lagartija romana,

al sol por los tejados.

¿Bajo qué humilde teja

escondes tu palacio?

 

Ya eres de bronce verde,

ya de oro azul opaco.

¿De qué orfebre has salido,

en qué cuello has soñado?

 

Fija, miras el cielo,

los árboles lejanos,

las torres y las cúpulas,

los muros agrietados.

Luego, graciosamente,

te alejas, paseando.

 

Nocturno 

Está vacía Roma, de pronto. Está sin nadie.

Solo piedras y grietas. Soledad y silencio.

Hoy la terrible madre de todos los ruidos

yace ante mí callada igual que un camposanto.

Como un borracho, a tumbos, ando no sé por dónde.

Me he quedado sin sombra, porque todo está a oscuras.

La busco y no la encuentro. Es la primera noche

de mi vida en que ha huido la sombra de mi lado.

No adivino las puertas, no adivino los muros.

Todo es como una inmensa catacumba cerrada.

Ha muerto el agua, han muerto las voces y los pasos.

No sé quién soy e ignoro hacia dónde camino.

La sangre se me agolpa en mitad de la lengua.

Roma me sabe a sangre y a borbotó la escupo.

Cruje, salta, se rompe, se derrumba, se cae.

Solo un hoyo vacío me avisa en las tinieblas

lo que me está esperando.

 

Peligro 

De las ventanas vacías,

la voz de los siglos muertos

baja, callada, en la noche.

Pero al lado vive alguien,

algunos que están durmiendo,

tranquilamente en alcobas

que han salvado de la muerte.

Más hay siempre la amenaza

de un esqueleto astillado

que no duerme.

 

1

El agua de las fuentes innumerables. Duermo

oyendo su infinito

resonar. Agua es

aquí en Roma mi sueño.

2

Sigue charlando el agua de las fuentes

completamente ajena

a todo, indiferente.

Lo que dice es tan solo lo que suena.

3

Agua de Roma para mi destierro,

para mi corazón

fuera de sus dominios tantas veces.

4

Agua de Roma para mis insomnios,

esos largos oscuros en que pueblo los techos

de mí, mudas imágenes,

que apenas si conozco.

Agua para los pobres, los mendigos

esos que se abandonan al borde de las fuentes

y se quedan dormidos.

Agua para los perros vagabundos,

para todas las bocas sedientas, de pasada,

agua para las flores y los pájaros,

para los peces silenciosos, agua

para el cielo volcado con sus nubes,

con su luna, su sol y sus estrellas.

Pero sobre todo,

agua solo sonido, repetición constante,

agua sueño sin fin,

agua eterna de Roma.

Agua.

San Pedro, Rafael Alberti

Alberti, R. (1968). Roma, peligro de caminantes. Cádiz, Ediciones del Litoral. 

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Noticias sobre El gran enero

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Desde el mes de julio, El gran enero puede comprarse en McNally Jackson Books de New York, en el 52 de Prince Street. También en los Estados Unidos, se lo encuentra en la biblioteca de la Universidad de Steubenville, a 25 minutos de Pittsburgh.

En la Argentina, El gran enero llegó a la Sede Andina de la Universidad Nacional de Río Negro, en la ciudad de San Carlos de Bariloche, y a la Sede Atlántica de la misma institución, en la ciudad de Viedma.

Siguiendo este enlace, el listado completo de librerías con sus direcciones.

Comparto varios enlaces de amigos, escritores y periodistas, a quienes agradezco  que hayan publicado en sus sitios poemas y referencias. Por orden de aparición: 

En el blog de la poeta y editora Griselda García. 

En la Revista Excéntrica, del Centro Cultural de la Cooperación, en Buenos Aires. 

En Rayos y Truenos, el blog del poeta y traductor español, Enrique García-Máiquez. 

En el blog Otra Iglesia es imposible, del poeta y traductor Jorge Aulicino.

En la Revista ViceVersa, una revista sobre la cultura de los hispanohablantes en Manhattan.

Una reseña de El gran enero en el Diario La Prensa de Buenos Aires, por el escritor y periodista Jorge Martínez.

Entrevista de Augusto Munaro, para Diario Los Andes. 

Selección en el blog de la poeta y traductora Silvia Camerotto.

Reseña en el diario La Voz, de Bahía Blanca, mi ciudad natal. 

¿Para qué sirve la poesía?

Preguntarse para qué sirve alguna cosa es un interrogante válido, pero un tanto utilitario, en tanto juzga esa cosa en relación a uno mismo. Existen objetos que nos facilitan el devenir cotidiano. El semáforo sirve para preservar el orden y en última instancia, evitar muertes. El teléfono para restituir la comunicación cara a cara; los autos para llegar a tiempo en menos tiempo; las paredes para delimitar un espacio que consideramos nuestro. Juzgamos la virtud de los objetos en tanto provocan un bien inmediato. Pero existen algunos asuntos que escapan. ¿Para qué sirven las montañas o los ríos? Simplemente están ahí frente a nosotros y algo – o nada- debemos hacer con ellos.

Hoy día la poesía se recluye en cultores: un pequeño porcentaje la sigue prefiriendo, pero las grandes editoriales la descartan. A menudo se la considera oscura e inaccesible, y quizás de eso sí tengamos la culpa los poetas. Muchas veces escuché el cuestionamiento sobre para qué sirve la poesía. Están los que se enojan con la pregunta y denigran al que preguntó. No comparto esa respuesta. Mientras las cosas se cuestionen permanecen vivas. El olvido es la falta total de interrogantes.

Antes mencioné los ríos y montañas, y considero que la poesía se parece bastante a eso. Es el “paisaje interior”. La poesía interviene en la realidad, quizás no para mejorarla o modificarla – como los semáforos, teléfonos, automóviles o paredes-, quizás ni siquiera para comprenderla. Tampoco, como otra literatura, sirve para entretenernos. Aunque pueda resultar entretenida, quedarnos solamente con eso sería como elegir los caramelos exclusivamente por el color del envoltorio y no por el sabor que ese color representa. La poesía implica en mí opinión el suspenso: relata algo que está por ocurrir  pero que se retarda y nos mantiene en vilo. La poesía delata la vida que no llegamos a poseer totalmente.

No puedo pensar la poesía sin el concepto de belleza. Y no me refiero al escándalo cursi ni al floreo de metáforas y métrica. Porque puede encontrarse la belleza entre el plástico quemado de los basureros de un suburbio o en las bocas sin dientes de los ancianos cuando nos narran peripecias. Me refiero a la belleza como la causa perdida, la nostalgia más profunda del hombre, aquel estado que anhela observar en el mundo y que una y otra vez, se le niega. El arte en general aborda esta búsqueda. El hombre puede hacer algo hermoso con el dolor y por eso el arte, como el gesto de quien brinda su ayuda desinteresadamente, es un signo de esperanza. Un antiguo impulso creador parece susurrarles a los artistas: “de este caos, de estas ruinas, de estas lágrimas, puede surgir la maravillosa forma de la esperanza.”

Finalmente y entonces, ¿para qué sirve la poesía? Simplemente sirve para que te hagas esa pregunta y yo me desviva para darte una respuesta.

Soundsuits, de Nick Cave