Apuntes sobre comunicación y literatura

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La idea de continuidad libera a la literatura de dos tentaciones: el afán estéril de anclarla en el pasado, y la intención meramente disruptiva que a menudo transforma al arte contemporáneo en un terreno de vanidades donde la novedad se erige como valor y búsqueda fundamental. Para Instituto Acton.

¿Sómos nuestros relatos? O quizás solamente nos parecemos a ellos, y a veces también los olvidamos. En la literatura de cada país y época se encuentran recurrencias que explican la identidad de los pueblos. Dos clásicos de la literatura argentina narran la necesidad de asumir al otro como algo propio. Releer esos mapas sirve para contrastar los rumbos. Para Instituto Acton.

¿Cómo escribimos hoy en día en la web y para qué usamos la escritura? Para Revista Complejidad.

La suerte de la relectura

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Para The Objective.com 

Hay libros que se recuerdan como una casa a la que siempre se podrá volver. Pero solo algunos superan la prueba de ese retorno. Existen dos tipos de relatos, además de todas las tipologías realizadas a lo largo de la entera historia de la literatura: aquellos que soportan una re-lectura y aquellos que no.

Lo segundo sucede muy seguido. Lo que nos había parecido una trama desmesurada, un amor intrigante o unos personajes verdaderamente acabados, se transforma de pronto en clichés, romances simplones y máscaras. No quiere decir que fueran malos o estuvieran mal escritos, solo que ya no son para nosotros, como unos zapatos pequeños o un castillo de muñecas. Los extensos salones ahora son estrechos como corredores. Lo que habíamos percibido como campo abierto es un rincón del jardín de la casa de la infancia.

A veces, en cambio, ocurre lo contrario, y entonces recorremos los renglones reconociendo indicios y recordando antiguas percepciones, pero descubriendo también nuevos paisajes solo perceptibles con la mirada aguzada de los años.

Se descubre que la aventura no solamente se sostenía por espadas y yelmos, y en cambio había un trasfondo de fuerzas que con la primera lectura no habíamos alcanzado; que la historia de amor no tenía únicamente el atractivo de un romance cualquiera, sino que respondía al complejo y sencillo misterio del amor humano, que los personajes no eran tan solo fantasías, y en cambio los quisimos, mucho o poco, porque nos hablaban, algunos con voz potente otros con susurros, de nosotros mismos.

Literatura e industria: sensatez y sentimientos

Alvear y ministro de guerra

Creo que nunca hablé en este blog sobre la “crisis del libro”. No es un tema en realidad que me apasione, pero por diversas cuestiones, lo sigo. Me recuerda, este debate, a las dos hermanas de Sensatez y Sentimientos: aviso que la comparación funciona exactamente al revés de lo que podría pensarse en un primer momento. La industria se pasa de romántica, mientras que la literatura, a fuerza de golpe, tiene la fortaleza de una madre de entreguerras.

Una cosa me llama mucho la atención: en un mundo en el que prospera el relativismo, el “para vos es verdad esto, y para mí la verdad es esto otro”; en un mundo así, las industrias han asumido el papel de lanzar verdades absolutas: “el epub reemplazará el libro; el libro morirá; la gente dejará de leer; el libro nunca morirá; los e-readeres producen cáncer” (sic, este último, de un conocido editor en la Feria del Libro de Buenos Aires), y siguen las verdades tajantes con respecto al tema. Ni qué hablar del derrape en las ventas.

Marshall McLuhan, en su reconocido volumen “El medio es el mensaje”, decía que los usuarios y consumidores tendemos a prestar demasiada atención al contenido y menos a la forma, al dispositivo. Según McLuhan el contenido de la televisión, por ejemplo, lo que realmente nos influye, estaba no tanto en los argumentos de las series, sino en las particularidades del artefacto. Y McLuhan tenía razón, pero los tiempos han cambiado, y hoy en día permanecemos obnubilados por la ventaja técnica de los dispositivos – aunque no quiere decir esto que seamos conscientes de sus efectos-, y, en cambio, relegamos los contenidos a la intuición o a los números de venta.

Ojalá la historia de la industria y de la literatura terminara, en beneficio de ambas hermanas, como el relato de Jane Austen.

*La foto es del Presidente Alvear, en Mar del Plata, conversando con su Ministro de Guerra. Alvear es el de la bata.

Sobre sonetos y emoticones

Por cuestiones laborales estoy leyendo ahora varios textos que se relacionen con internet. Según, Internet, la imprenta del siglo XXI, de Alejandro Piscitelli, lo que la mayoría de los usuarios conoce de la red es apenas su epidermis, y la gran masa de información es la “internet profunda”, no navegable, datos, unos y ceros, un mapa que visto sobre un papel parece el calco de una galaxia.

Algunos apocalípticos vaticinan que la etapa del libro impreso sería en la entera historia de la humanidad apenas un breve lapso. Antiguamente la formas creativas propias de la oralidad tenían, entre otros fines, el de propiciar la memoria. La imprenta, y antes el manuscrito, liberó al hombre de la necesidad de recordarlo todo y favoreció el pensamiento lineal. Internet parece regresar al origen pero de un modo distinto. La escritura se asemeja cada vez más a la oralidad. “Escritura ideofonemática”, la llamó Cassany. Sin embargo, ahora lo que importa recordar no son los mitos y las leyendas. Beatriz Sarlo sugirió en La Audacia y el cálculo, que la web “es una enorme memoria colectiva que padece Alzheimer”. En cambio, producimos para construirnos y para que no se olviden de nosotros. La comunicación interpersonal es la protagonista indiscutida.

Entre tanto cambio y vaticinio de desastre total o de renacimiento más total aún, leí un soneto de Shakespeare que busca la razón de la forma no tanto en la cambiante posibilidad técnica sino en los amores, pasiones y miedos humanos, siempre insistentes a través de la historia. La traducción que leí es esta:

Soneto LXXVI

¿Por qué mis versos no se ajustan a las modas,

no usan artificios y variaciones rebeldes?

¿Por qué al escribir no me inclino

a nuevos atavíos del lenguaje?

¿Por qué escribo siempre de una sola cosa

y envuelvo mis intenciones con las mismas vestiduras

tanto, que cada palabra mía es como si pregonara

mi nombre y revelara mi nacimiento?

¡Oh! Debes saber, dulce amor, que siempre sobre ti escribo;

que vos sois mi eterno tema.

Todo mi arte es volver sobre palabras viejas

para nombrarte una y otra vez ¡siempre!

Así como el sol, que es todos los días nuevo y viejo,

así mi amor te repetirá eternamente lo ya dicho.

¿Para qué sirve la poesía?

Preguntarse para qué sirve alguna cosa es un interrogante válido, pero un tanto utilitario, en tanto juzga esa cosa en relación a uno mismo. Existen objetos que nos facilitan el devenir cotidiano. El semáforo sirve para preservar el orden y en última instancia, evitar muertes. El teléfono para restituir la comunicación cara a cara; los autos para llegar a tiempo en menos tiempo; las paredes para delimitar un espacio que consideramos nuestro. Juzgamos la virtud de los objetos en tanto provocan un bien inmediato. Pero existen algunos asuntos que escapan. ¿Para qué sirven las montañas o los ríos? Simplemente están ahí frente a nosotros y algo – o nada- debemos hacer con ellos.

Hoy día la poesía se recluye en cultores: un pequeño porcentaje la sigue prefiriendo, pero las grandes editoriales la descartan. A menudo se la considera oscura e inaccesible, y quizás de eso sí tengamos la culpa los poetas. Muchas veces escuché el cuestionamiento sobre para qué sirve la poesía. Están los que se enojan con la pregunta y denigran al que preguntó. No comparto esa respuesta. Mientras las cosas se cuestionen permanecen vivas. El olvido es la falta total de interrogantes.

Antes mencioné los ríos y montañas, y considero que la poesía se parece bastante a eso. Es el “paisaje interior”. La poesía interviene en la realidad, quizás no para mejorarla o modificarla – como los semáforos, teléfonos, automóviles o paredes-, quizás ni siquiera para comprenderla. Tampoco, como otra literatura, sirve para entretenernos. Aunque pueda resultar entretenida, quedarnos solamente con eso sería como elegir los caramelos exclusivamente por el color del envoltorio y no por el sabor que ese color representa. La poesía implica en mí opinión el suspenso: relata algo que está por ocurrir  pero que se retarda y nos mantiene en vilo. La poesía delata la vida que no llegamos a poseer totalmente.

No puedo pensar la poesía sin el concepto de belleza. Y no me refiero al escándalo cursi ni al floreo de metáforas y métrica. Porque puede encontrarse la belleza entre el plástico quemado de los basureros de un suburbio o en las bocas sin dientes de los ancianos cuando nos narran peripecias. Me refiero a la belleza como la causa perdida, la nostalgia más profunda del hombre, aquel estado que anhela observar en el mundo y que una y otra vez, se le niega. El arte en general aborda esta búsqueda. El hombre puede hacer algo hermoso con el dolor y por eso el arte, como el gesto de quien brinda su ayuda desinteresadamente, es un signo de esperanza. Un antiguo impulso creador parece susurrarles a los artistas: “de este caos, de estas ruinas, de estas lágrimas, puede surgir la maravillosa forma de la esperanza.”

Finalmente y entonces, ¿para qué sirve la poesía? Simplemente sirve para que te hagas esa pregunta y yo me desviva para darte una respuesta.

Soundsuits, de Nick Cave