Lecturas del Siglo XXI

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Publicado en TheObjective.com 

En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor cuya mayor ansia radicaba en reescribir el Quijote de la Mancha. No simplemente copiarlo. Pretendía, en cambio, replicar la exacta inspiración de Cervantes y volver a concretar su creación. Para eso debía hacerse primero con las vivencias del escritor español, cruzada, esta, al menos engorrosa para un autor del siglo XX. El método imposible de Pierre Menard consistía en ser Miguel de Cervantes.

No resulta extraño que Borges señalara esa etapa anterior a la escritura, esa “arquitectura” o “atmósfera general” – como la llamó Chesterton – que comienza a formarse durante la infancia y desde la cual los artistas crean. Es este el terreno de la inspiración que le es propio y realmente personal a un autor, algo así como un ADN creativo que lo asemeja y diferencia a otros, el humus vivencial desde donde brotan los relatos y la estética. Así, por ejemplo, la mirada de Poe, herida y lúgubre, que gustaba en detenerse en livideces y terciopelos, se emparenta con la Baudelaire, pero contrasta, otro ejemplo, con las brillantes visiones marítimas de Stevenson e incluso con Hyde.

Era aquella perspectiva anterior de Cervantes la que Menard debía conjurar para poder animar a Don Quijote. Quimera digna del caballero de la Mancha, anacrónica aventura de un literato o la descripción del lector: posiblemente Borges haya jugado con estos propósitos y con nosotros mismos para llegar a la conclusión de Quevedo y tantos otros. La lectura consiste en transitar por la geografía interior de otros hombres, quizás ya difuntos, y regresar humanamente enriquecidos. Lo repite Jesucristo, singular varón de parábolas, desde hace más de dos mil años: “de la abundancia del corazón, habla la boca”.

El Capote criollo

M_ Mujica Lainez

Buenos Aires, 1910 – Córdoba, 1984.

La literatura argentina cuenta con montones de escritores cuyas historias personales fueron incluso más interesantes que las de sus propios personajes. Uno de los más peculiares, quizás injustamente relegado, es Manuel Mujica Lainez, o simplemente Manucho, como a él le gustaba que lo llamaran. Ciertamente, la literatura local del siglo XX permanece a la sombra de un único escritor: merecidamente, Borges reina desde sus arcanos laberintos, y con la tenacidad de un compadrito, nos espía desde los espejos, mientras cavila sobre paraísos-bibliotecas.

Para qué negarlo, Manucho no era Borges. El valor de su prosa no radica en la matemática precisión borgeana, y en cambio gana en sensibilidad y atmósferas. Los cuentos de Mujica Lainez no presentan un desenlace críptico, sino que revelan la naturaleza del afecto humano, la desesperación o el poder. A diferencia del ciego, Manucho escribió novelas y aunque parezca esta una diferencia meramente de género, no lo es. En las novelas encontró la longitud necesaria para hilvanar las historias de sus protagonistas. Los relatos de Manuel Mujica Lainez son biografías dramáticas. Manucho narró vidas, no conflictos aislados. Le interesaban las peripecias en tanto se enmarcaban en el trabajoso fluir del tiempo. Incluso en novelas donde los narradores no son humanos, como La casa, El escarabajo o Cecil, estos narradores son la excusa para relatar las vidas de sus habitantes, en el caso de la primera novela, o de los dueños del anillo egipcio y del perro, en el de la segunda y tercera, respectivamente.

Descripciones profusas, léxico preciso, personajes acabados y dramático despliegue de la acción son los principales rasgos de su “escritura preciosista”. Cuatro títulos de Mujica Lainez me parecen particularmente destacables de su extensa obra, y soy consciente de que dejo fuera los renombrados El Unicornio y Un novelista en el Museo del Prado, entre otros. Pero sobre gustos y libros… 

En primer lugar, la novela que anteriormente nombre: La Casa, relato narrado en primera persona por una mansión a punto de ser demolida, que recuerda su pasado glorioso y detalla las vidas atormentadas de la familia rica que la habitó. Bomarzo, una novela que incluso llegó a estrenarse como ópera en Buenos Aires, expone minuciosamente la vida de un noble italiano del renacimiento cuyo principal empeño es lograr la piedra filosofal y vivir eternamente. El libro de cuentos Misteriosa Buenos Aires contiene las mejores piezas breves de Manucho, con cuentos como La sirena, El hambre o El duendecito del azulejo. Y finalmente, el cuarto recomendado, mi preferido, Los ídolos, una novela que linda el suspenso y el misterio, y cuenta cómo Lucio Sansilvestre, un poeta que había escrito un solo poemario, ocultaba el verdadero origen de sus poesías.

Prefiero siempre ahondar en la obra de los autores, eso que ellos mismos afirmaron contra el tiempo. Sus vidas importan en tanto que escribieron. Si no hubieran escrito, ciertamente no tendrían importancia, al menos periodística. Antes de pasar, junto a su mujer, Ana de Alvear, sus últimos años en Córdoba, Manucho vivió en un departamento en el barrio porteño de Belgrano, donde realizaba exclusivas fiestas. Era el anfitrión perfecto. Afectado, superfluo, al día con la última moda de la sociedad porteña, una especie de Truman Capote criollo y barroco. Y sin embargo, nunca me creí demasiado esos disfraces de Manucho. Para mí será siempre ese hombrecito incómodo y tímido, que escribía de forma adorable y sufría calladamente la bendición y condena de ver el mundo a través de una sensibilidad fuera de serie.

“Durante años, los personajes que vagan por mis libros me acosaron, dominadores, sin darme reposo, viviendo de mí, nutriéndose de mi vida, porque todos tenían cosas que decir y subrayar, y a cada instante se le ocurrían observaciones nuevas, así que no toleraban que estuviera distraído, que no los escuchara, que no valorara la intensidad de sus tragedias y burlas, que tratara de vivir aparte de ellos.

Voces y voces. Todo escritor sabe lo que significa la persecución tiránica de las voces que lleva adentro. Lo aguardan en su biblioteca, cuando se sienta frente a la máquina o frente al papel, susurrantes, cuchicheantes, y más y más sonoras y rotundas. Y si para escapar de ellas y de su obsesión, sale a la calle y se mezcla con los corros cotidianos, también allí lo hostigan, sumando su monólogo interior a los diálogos indiferentes.”

Fragmento de una entrevista a Manucho,                                                              incluida en Genio y Figura de Manuel Mujica Lainez, de Jorge Cruz.