Lecturas del Siglo XXI

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Publicado en TheObjective.com 

En su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imaginó a un escritor cuya mayor ansia radicaba en reescribir el Quijote de la Mancha. No simplemente copiarlo. Pretendía, en cambio, replicar la exacta inspiración de Cervantes y volver a concretar su creación. Para eso debía hacerse primero con las vivencias del escritor español, cruzada, esta, al menos engorrosa para un autor del siglo XX. El método imposible de Pierre Menard consistía en ser Miguel de Cervantes.

No resulta extraño que Borges señalara esa etapa anterior a la escritura, esa “arquitectura” o “atmósfera general” – como la llamó Chesterton – que comienza a formarse durante la infancia y desde la cual los artistas crean. Es este el terreno de la inspiración que le es propio y realmente personal a un autor, algo así como un ADN creativo que lo asemeja y diferencia a otros, el humus vivencial desde donde brotan los relatos y la estética. Así, por ejemplo, la mirada de Poe, herida y lúgubre, que gustaba en detenerse en livideces y terciopelos, se emparenta con la Baudelaire, pero contrasta, otro ejemplo, con las brillantes visiones marítimas de Stevenson e incluso con Hyde.

Era aquella perspectiva anterior de Cervantes la que Menard debía conjurar para poder animar a Don Quijote. Quimera digna del caballero de la Mancha, anacrónica aventura de un literato o la descripción del lector: posiblemente Borges haya jugado con estos propósitos y con nosotros mismos para llegar a la conclusión de Quevedo y tantos otros. La lectura consiste en transitar por la geografía interior de otros hombres, quizás ya difuntos, y regresar humanamente enriquecidos. Lo repite Jesucristo, singular varón de parábolas, desde hace más de dos mil años: “de la abundancia del corazón, habla la boca”.

Cuatro baldes desde el río

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Lleva las piernas vendadas hasta las rodillas. Ella dice que se le lastiman por el trabajo, pero a juzgar por las cucharadas de azúcar que le echa a cada mate, Cipriana seguramente padezca una diabetes avanzada y no lo sepa.

De la enfermedad como de la vida, ella sabe lo esencial, eso que a menudo en las ciudades ocultamos con pericia pero no sin angustia: alguna vez, la muerte nos llega a todos y los achaques no son otra cosa que la voz del tiempo retumbando en nuestro cuerpo. Dicen los mapuches que si los ancianos sobreviven al invierno significa que al menos vivirán hasta el próximo julio. Cipriana menciona la creencia con una sonrisa, y como para no alardear de longeva, agrega que la pasó mal, que permaneció aislada por la nieve durante más de un mes.

Vive donde nació, a orillas del lago Mascardi, camino a la laguna Llum. A los 17 años se fue a trabajar a Bariloche, como secretaria. Pero después regresó ya casada, y en el Mascardi también nacieron sus hijos. Los cuatro hermanos de Cipriana, en cambio, nunca se fueron al pueblo. El año pasado murió el último. Tenía noventa y tantos años, y montó a caballo hasta la mañana del día que murió. “Está allá, en el cementerio”, me dice Cipriana y señala los fondos de su terreno, donde se erigen los añosos álamos que protegen su casa contra el viento.

Busco alguna excusa para seguir hablándole. Me surgen muchísimas preguntas, y como de costumbre, mis respuestas son más interrogantes. ¿Por qué no podría venir un médico municipal a ver a Cipriana al menos una vez al mes? ¿Por qué a ningún político le interesa que no se pierda la memoria de pobladores como ella? ¿Por qué Cipriana jamás será noticia? ¿Por qué algunos nacemos con mucho y otros nacen sin nada? Y cuál es mi parámetro para distinguir qué es mucho y qué es nada…

Sé que enfrente mío, además de un pedazo de la historia secreta y antigua de la Patagonia, tengo a un ser humano que cualquier día se irá sin escándalos. Quisiera que Cipriana me narrara sus cuentos, los dolores y felicidades de su familia, quisiera asomarme al menos durante un instante a la comprensión castaña de sus ojos serenos y poder escribirlo todo y que nada se perdiera. Ilusa, si lo sabré yo, las mejores historias son las que sugieren más de lo que afirman.

Entiendo que el hombre podría vivir en realidad en cualquier sitio, si pudiera tener las suficientes historias que lo impulsaran a transformarlo. Cipriana recordaba a sus ancestros y a sus hijos, por eso levantó cercos y carpió un huerto, por eso, porque tiene historias, cada mañana rumbea en busca de agua y regresa con cuatro baldes desde el río. Claro que no solo de historias vive el hombre, pero así como ayudan para dormir, para despertar también sirven los cuentos.