Nunc Dimittis, de Joseph Brodsky

Nunc Dimittis, en latín “Ahora dejas”, es un poema de Joseph Brodsky poco conocido en español, basado en el Cántico de Simeón (Lucas 2, 22-40). Si bien fue escrito en ruso con el título de Cретенье, que significa “Encuentro”, lo tradujeron al inglés con el nombre del  pasaje evangélico. Brodsky, ruso de origen judío, consideraba el encuentro referido en el poema como el momento de la transición entre el antiguo y el nuevo testamento. El autor dedicó el texto a la poeta Anna Akhmatova. La versión que sigue es de los traductores Amaya Lacasa y Ramón Buenaventura, en Parte de la oración y otros poemas, editado en 1991 por Versal: Travesías.

Cuando acudió María por vez primera al Templo
a presentar a Cristo Niño ante su padre, estaban
allí presentes, entre muchos otros,
el muy devoto Simeón y Ana, profetisa.

El anciano tomó al Niño en sus manos.
Los tres adultos, en la oscuridad del Templo,
situados en torno a la criatura,
era un marco tornadizo.

Los abrazaba el Templo igual que un bosque inmóvil.
Ocultaban las cúpulas, en la mañana aquella
—de las miradas de los hombres y a los ojos del Cielo—,
a María, al anciano y a la profetisa.

Un único rayo de luz, extraviado,
vino a tocar al Niño en los cabellos;
y él, sin darse cuenta, respiraba, dormido,
confiado en los brazos de Simeón el fuerte.

El anciano sabía, porque así
le había sido revelado, que no vería las tinieblas
de la muerte, hasta haber conocido al Hijo del Señor.
Ahora sucedía. Y dijo entonces: «Hoy,

cumpliendo la palabra que antaño Tú me diste,
me permites, Señor, marchar en paz:
mis ojos, finalmente, han podido ponerse
en este niño que te confirma; en este niño

que, siendo gloria de Israel, alumbrará
a las tribus idólatras». Tras lo cual
calló el buen anciano y sólo el eco
de sus palabras, aleteando en la techumbre,

persistió unos instantes, con un leve susurro,
bajo las bóvedas del Templo, como un pájaro
que sabe alzar el vuelo y que no sabe

descender de la altura.

 

Todos se sintieron extraños, y el silencio
no era menos insólito que las palabras.
Confundida, María, nada supo decir
ante aquellas extrañas afirmaciones. Y el anciano:

«Este niño que duerme ahora en tus brazos
a unos perderá, salvando a otros;
por él se enfrentarán los hombres en discordia.
El arma que algún día torturará su carne

en tu alma también se hundirá. Y esa herida
te ayudará, María, a comprender
lo que esconden los hombres en lo hondo
de sus pechos».

Concluido el discurso se encaminó a la puerta.
Ambas mujeres, abatidas (por los años la una,
por el pesar la otra), lo contemplaban en silencio.
Menguaba en la distancia su cuerpo —y su sentido—

para entrambas mujeres, al amparo del Templo.
Como ahuyentado por sus miradas
Simeón avanzaba en silencio por la nave vacía,
acercándose al hueco lechoso de la puerta.

Eran sus pasos los de un anciano vigoroso.
Sólo cuando a su espalda resonó la voz
de la muy vieja profetisa se detuvo un momento.
Mas no era él el invocado; eran de Dios

las alabanzas de la profetisa.
La puerta estaba cerca, y el viento ya rozaba
las ropas del anciano, y por delante, más allá de los muros,
se escuchaban tenaces los ruidos de la vida.

Iba a morir, tras empujar la puerta
no se adentró en la calle y su tumulto
sino en el reino sordomudo de la muerte.
Sus pies ya no pisaban la solidez del suelo,

ni percibían sus oídos los sonidos del tiempo.
Y la imagen del Niño, con un halo de luz
en torno a los suaves cabellos
el alma de Simeón llevaba por los senderos de la muerte,

parecido a una antorcha, hacia la negra oscuridad,

iluminando unos parajes que hasta entonces
nadie, con semejante luz, logró encender.
Al paso del anciano el sendero ensanchábase.

16 de febrero de 1972

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