#Ejemplo crítica: Liturgias del fin del mundo #GénerosCreativos

Liturgias del fin del mundo | Título: La carretera  | Autor: Cormac McCarthy | Año: 2006 | Editorial Mondadori

Existe en el ya consistente subgénero post-apocalíptico una dualidad entre vestigios de civilización y regreso a las cavernas. La nostalgia por un esplendor ya extinto se conjuga con el barbarismo o la deshumanización. En este juego de opuestos, el género dispara advertencias sobre el tiempo presente del lector, en el cual se incuba ya la catástrofe. La novela La carretera, de Cormac McCarthy, ganadora del Premio Pulitzer en 2007, responde a esta construcción.

Los protagonistas, padre e hijo, recorren los Estados Unidos hacia el Sur. A través de paisajes devastados por vientos tóxicos y cenizas, huyen del invierno y de las bandas de forajidos. La civilización perdida es en este caso Norteamérica, de la que solo quedan casonas y pueblos arrasados por la catástrofe, donde los sobrevivientes buscan latas de conserva y abrigo para poder seguir el viaje. El barbarismo, en cambio, es un orden social regido por la ley del más fuerte, el canibalismo y el suicidio como el último recurso para soslayar el infierno.

“Llegado el momento… ¿podré hacerlo?”, se pregunta el padre a lo largo de la historia, mientras observa el intranquilo sueño del hijo cada noche junto a las fogatas. En su cintura lleva una pistola con las dos últimas balas. El niño es el único motivo que lo mantiene con vida, “lo que lo separa de la muerte”. Por él rebusca entre cadáveres secos para dar con los últimos alimentos y le narra antes de dormir las historias anteriores al cataclismo.

Como en otras obras del género, el apocalipsis de McCarthy no determina el inicio de un nuevo tiempo o la promesa de un paraíso, que sí están en cambio en el relato bíblico. La obra se retarda en la destrucción. La historia ya no evoluciona sino que se extingue. En este sentido, la huida hacia el sur es la última liturgia posible a través de una tierra “donde ya no quedan interlocutores de Dios”.

Lecturas en la tradición 

El reconocido crítico norteamericano Harold Bloom aseguró que McCarthy, junto a Thomas Pynchon, Don DeLillo y Philip Roth, era uno de los cuatro grandes escritores  contemporáneos. Autor de otras novelas como El guardián del vergel (1965) y Todos los hermosos caballos (1992), McCarthy representa ciertamente una continuidad en la narrativa estadounidense. A menudo se lo ha comparado con William Faulkner, Herman Melville y hasta Mark Twain. En La carretera resuenan además los ecos de la prosa de aventura de Jack London. El post apocalipsis de McCarthy recuerda a aquel mundo salvaje y tenaz de los buscadores de oro de Colmillo blanco, y puntualmente, a La peste escarlata, ese extraño relato sobre el fin del mundo que London publicó en 1912.

A pesar de la sórdida atmósfera, La carretera disfraza una minúscula esperanza. Si bien el derecho y la libertad han desaparecido completamente y el país se ha disuelto sin remedio, el autor parece sugerir que toda la civilización se condensa en un padre y un hijo que prefieren escapar antes que delinquir. En este sentido, la presentación del Sur como única salvación ironiza sobre la histórica división entre regiones norteamericanas. También “la carretera”, que es símbolo del vagabundeo de las contraculturas, significa en este caso oportunidad y comunicación. Finalmente, McCarthy interroga sobre la necesidad de hallar un sitio donde asentar una ética común, y su prosa oscura finalmente indica el amor entre un padre y un hijo como un sitio desde donde reconocernos como semejantes.

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