En el laboratorio de la literatura

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Por Felicitas Casillo, en Revista Ñ.

Existen variadas explicaciones acerca del proceso creativo. El investigador italiano Franco Moretti estudia la literatura a partir del análisis computacional y sugiere el complejo orden que sostiene las tramas.

Diversos relatos y disciplinas intentaron a lo largo de la historia descifrar el funcionamiento de la creatividad: desde el Parnaso, morada mitológica de las musas, hasta las actuales observaciones de la neurociencia. Sin embargo, ninguna conclusión logró aún dilucidar esa enigmática facultad humana. ¿Cómo surgen las ideas?, ¿qué procesos y elementos confluyen en una obra? Quizás en su misterio radique el enorme magnetismo que la creatividad provoca.

También los artistas conjeturaron acerca del “momento Eureka”. Durante una célebre entrevista, Faulkner reformuló la máxima adjudicada a Edison: se requería 99% de trabajo y 99% de talento, no menos. Para Chesterton la voluntad creadora surgía a partir del asombro de la razón ante la existencia. Guante, este, que el autor del Padre Brown recogió de Dickens, quien a su vez había designado ese extrañamiento con el nombre de “Mooreeffoc”, lectura inversa y risueña de “Coffee Room”.

En esta misma corriente, que motivó en Gran Bretaña la renovada tradición fantástica del siglo XX, Tolkien vislumbró en la creación humana la huella de un Creador. Desde la antípoda literaria, Virginia Woolf había apuntado que las ideas eran como peces que nadaban en un estanque y mordían el anzuelo una y otra vez, pero solamente se debían atrapar cuando tuvieran el peso y tamaño indicados. Aquel trabajo de tentar con señuelos, sopesar y quitar escamas eran faenas propias del artista.

La creatividad, sin embargo, no solamente resulta enigmática como proceso mental, también puede analizarse en el entramado de las obras. Ciñéndose al ámbito de la crítica, Tzvetan Todorov argumentó que en la mayoría de los casos los autores se encuentran lejos, poco accesibles para el analista, o simplemente ya han muerto; lo único que el crítico tiene finalmente entre manos es la obra. Y esto no es poco, incluso por fuera de la meticulosa geografía estructuralista.

En la historia de los estudios literarios, la escala de análisis siempre fue la de un lector que, aun en el feliz caso de una voracidad extrema, accedía a un número limitado de textos durante su vida. Actualmente, los estudios cuantitativos, facilitados por programas especializados, permiten el estudio de conjuntos extensos de textos, llamados corpus. Este método, que surge a partir de las tecnologías de la información y la comunicación, se relaciona con el Big Data, la acumulación masiva de datos  y sus correspondientes procedimientos de medición. Para las ciencias sociales, esta perspectiva significa la posibilidad de observar fenómenos a una escala sin precedentes.

Big Data y literatura

El investigador italiano Franco Moretti fundó en 2010 el Lit Lab de la Universidad de Stanford, un laboratorio dedicado al estudio cuantitativo de textos. El equipo de investigadores que lidera busca coincidencias como isotopías, digresiones y nudos dramáticos en conjuntos de miles de obras. Sus conclusiones significan una contribución valiosa acerca del orden creativo de las tramas literarias.

A su método de análisis, Moretti lo llamó “lectura distante”. No se trata de otra forma de leer, sino que consiste en una manera novedosa de investigar la historia de la literatura en el marco de las llamadas Humanidades Digitales. Recientemente, Moretti visitó la Argentina invitado por la UNSAM, y entre otras actividades, dialogó en el MALBA con el historiador José Emilio Burucúa.

La principal riqueza del método de Moretti radica, entonces, en la escala de análisis. Mientras que en el Lit Lab de Stanford se trabaja con inventarios de numerosos textos, la experiencia normal de cualquier lector se encuentra en el punto medio: “lee un número  determinado de libros y reflexiona sobre ellos. No puede analizar grandes cantidades”. Este cambio de magnitud significa un salto en el conocimiento y un desafío: “Estudiar corpus de miles de novelas con estas metodologías es como tener un telescopio para observar el cielo y centenares de estrellas. Es maravilloso, pero entonces alguien pregunta, ‘y bien… ¿qué descubrieron con el telescopio?’”

Sus conclusiones, relacionadas en parte al funcionamiento de los relatos, resultan  curiosas. Lo primero que surge del análisis son abstracciones. Estas son representadas en mapas visuales que ayudan a los académicos a observar la relación entre los elementos de los textos y deducir patrones que señalen el funcionamiento de los relatos.

¿Qué determina entonces el orden creativo dentro de una obra literaria?

Los patrones que descubrimos se circunscriben a regiones reducidas, mientras que el resto parece ruido. No hallamos en estas proporciones la llamada ‘belleza de Dios’ que se observa en la naturaleza. Nos encontramos con un caos donde queremos observar una forma, y esto le ocurre también al artista: parte de un desbarajuste y pretende construir algo con él. Lo que genera un orden en las obras literarias es un conjunto muy preciso, acotado e invisible de reglas, en las que está la clave artística.

¿Podría hacerse realidad la utopía de la inteligencia artificial creadora?

No noto demasiado interés al respecto. La creación forma parte de un sueño personal, y eso es también una realidad del arte.

¿Cuál es su relación con la crítica literaria tradicional?

Al utilizar el método cuantitativo nuestro desafío es la comunicación de las conclusiones. Durante muchas generaciones los críticos se sintieron más sacerdotes del conocimiento que carpinteros, y personalmente no tengo problema en hacer el trabajo del carpintero.

¿Cuáles son los próximos desafíos del Lit Lab?

Resulta interesante analizar qué relación existe entre estos mínimos espacios ordenados del patrón y la región de las mil posibilidades. Por qué está allí todo aquello que no es fundamental en la obra y qué función creativa cumple. Finalmente para esto sirve la literatura, para construir un sentido. En este aspecto coincido con José Emilio (Burucúa): estudiar la literatura es una de las formas que tenemos de imaginar un mundo distinto al nuestro.

Los trabajos de Moretti podrían inscribirse en una saludable convergencia metodológica, guiada por aquello que el filósofo español Mariano Artigas denominó “creatividad científica”: la combinación entre sensibilidad y racionalidad propias del ser humano. Uno de los valiosos aportes del investigador italiano parece sugerir un equilibrio similar: el orden que solventa la literatura es sutil y esencial al mismo tiempo, tan invisible y necesario como un sistema nervioso.

Franco Moretti

Nació en la ciudad de Sondrio, al norte de Italia, en 1950. Se doctoró en Literatura Moderna en La Sapienza de Roma, y actualmente  es profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Stanford, donde también fundó en 2010 un Literary Lab que actualmente dirige. Es miembro de la American Academy of Arts and Sciences y de la American Philosophical Society. Entre sus obras traducidas al español se encuentran: Atlas de la novela europea 1800 – 1900 (1999), La literatura vista desde lejos (2007) y el ensayo El burgués, que presentó en Buenos Aires y fue publicado por el Fondo de Cultura Económica de Argentina. En 2014 recibió el National Book Critics Circle Award por su obra Distant Reading.

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