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Retratos del lejano sur 14/12/2011

Posted by Felicitas Casillo in Artículos.
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Georg Miciu nació en Austria y cuando tenía pocos años llegó con su familia a Buenos Aires. Su padre le enseñó a pintar y con los años refinó su técnica y se inspiró en viajes y paisajes. Actualmente, vive en San Martín de los Andes y confiesa un amor incondicional por el sur argentino.

El pincel trabaja rápido sobre el lienzo y casi mágicamente, combinando colores e intensidad, conforma un paisaje donde la luz, las sombras y el hombre son protagonistas. Más allá de sus maravillosas obras de arte, el propio Georg Miciu y su vida reflejan ese afán creativo y trascendente, que lo vuelve único y original. Desde hace décadas, vive en San Martín de los Andes, donde crió a sus nueve hijos y donde ha pintado gran parte de su obra.

Miciu nació en Bludenz, Austria, en 1946. Tres años después, se radicó en la Argentina. En la década de los sesenta, comenzó sus prácticas de pintura en el Parque Pereyra Iraola de Buenos Aires. Durante aquellas jornadas, Georg aprendió de la técnica de Konstantino, su padre, también pintor. Desde entonces, a partir de viajes, experiencias y búsquedas, Miciu refinó un estilo único, que le permitió captar como pocos artistas contemporáneos el paisaje y carácter de los habitantes de la Argentina, especialmente de la Patagonia.

Georg, junto con su amigo Jorge Bonzano, proyectaron “Colección Georg”, un atractivo edificio en San Martín de los Andes, donde se exhibe la obra de Georg Miciu, la de sus hijos, que también practican diversas disciplinas artísticas, y la de otros artistas locales. “Colección Georg” es un espacio abierto, de acceso libre y gratuito.

¿De qué forma aprendiste con tu padre?

“No hay mejor escuela de arte que la propia Creación”, me cantaba él; a mí ese concepto me encantó. Konstantino, mi padre, era un gran artista, se había graduado en Bellas Artes, en Viena.

La enseñanza de Konstantino fue más inspiradora que técnica…

Yo aprendí de su forma de vida. Aunque nunca me dio una clase de caballete, me estimuló de diferentes maneras: primero, al llevarme a vivir a un paraje natural y sano, en Gesell, cuando aún era Villa. Luego me educó en libertad, y respetó mi anhelo de estudiar música. Entonces, tomé clases con el maestro Tortorella en el Conservatorio de La Plata. De esa manera descubrí por mí mismo que no era ese mi ambiente.

¿Por qué los Miciu debieron emigrar hacia Sudamérica?

Por la mismísima razón que trajo a la mayoría de los europeos de la posguerra. Vivir en la tierra natal de mis antepasados, Moldova, (entre Ucrania y Rumania), ocupada por los bolcheviques, no era aconsejable. Anteriormente, durante los años de la guerra, la alta sociedad de Austria y Alemania buscaba invertir sus capitales privados, por lo tanto los artistas tenían trabajo. Pero en la etapa de posguerra ya no había lugar para el arte y hubo que emigrar.

¿Y por qué vinieron a la Argentina?

Quiero pensar que por la gracia de Dios, más que por las motivaciones de mis padres… Ese es mi agradecimiento a quien mueve los hilos, el “kairos” de nuestras existencias.

¿Cuáles son los primeros recuerdos que tenés de la Argentina?

San Isidro; la Plaza de los Tres Ombúes; “trinerear” en la barranca sobre hojas de palmera; el espigón del río; las artesanías de madera del mercado cerca de la estación de la línea Mitre; el reloj de flores de la Plaza del Bajo; las islas del Delta del Paraná; el mercado de frutas del Tigre, y los prados campestres de Don Torcuato, ¡surcados por un arroyito donde nadaban peces!

¿Cómo vivía tu familia en Buenos Aires?

Mi padre pintaba de forma incansable en un gran salón comedor que alquilaba en una mansión de la calle Belgrano al 362. Luego, al salir, por las noches, caminábamos de la mano. Él, agotado y en silencio, hasta el barranco. También conozco por relato y no por recuerdo, que tres delincuentes a punta de pistola y filo de navaja lo despojaron de sus primeros magros ingresos, en el año 52. En ese entonces, y ésto si lo recuerdo, nuestra vajilla estaba fabricada de forma casera, con tazas de conserva y asas de alambre… Pero ésto no modificó para nada el carácter bondadoso y confiado de mi padre. Además, hay otras anécdotas positivas para contar: el Dr. Mostacho, de San Isidro, socorrió a mi padre cuando estaba enfermo y después de que se recuperó, lo introdujo como retratista consumado, en la alta sociedad de Zona Norte.

¿Qué tipo de trabajos hacía?

En la espaciosa cocina del caserón, además de una sala de pintura, funcionaba, simultáneamente, un taller de marquería. Mi padre fabricaba esquinas con molduras rococó, a partir de moldes de yeso, que doraba con punta de ámbar. Los lienzos los preparaba al estilo clásico, con gelatina caliente…

Las duras condiciones económicas de un extranjero sin relaciones comerciales ni públicas y el abuso de los comerciantes de arte lo hicieron semejante a un “bohemio”, pero Konstantino nunca lo fue.

¿Cómo influyeron los viajes en tu forma de pintar?

Fueron mis primeras incursiones en el mundo también dentro de la naturaleza. Esos viajes de mochilero que comenzaron en la Patagonia meridional, para llevarme al extremo sur, me hicieron reencontrar con

las imágenes inconscientes de mi memoria temprana: los Alpes austríacos. Además, los variados bosques patagónicos se me asociaron a los paisajes siberianos, principalmente de robles, que marcaron mi patrón de belleza a partir de las reproducciones de los magníficos artistas rusos con los que me “desayune” de niño.

Luego emprendí, conscientemente, el recorrido de los Museos de Ciencias Naturales y Arte de todo el continente americano, el europeo y buena parte del Medio Oriente. Cada obra expuesta significó una lección plástica. Las estudié hasta el mareo. Paralelamente pintaba todos los días au plein air, al aire libre, variando permanentemente climas, culturas y colores.

La necesidad de trabajar durante los muy largos viajes con un medio portatil y sencillo, me llevó al óleo con espátula; y la urgencia de captar un solo momento solar o emocional, hicieron crecer el tamaño de mi herramienta hasta una medida totalmente inusual en el oficio.

¿Qué significa la Patagonia en tu vida?

Es el desafío de transmitir con un trazo de lienzo las dimensiones, paradojas y retos de la vida en estos entornos extremos. Mi pintura es a veces joven, como el habitante injertado, cuando recibe la influencia de los mapuches.

Viviendo en la andaluza ciudad de Vega, un destacado colega español, desde el diario de la ciudad, me dirigió un pedido del siguiente tenor: “Rogamos al pintor que reproduzca y salve lo poco que aún queda de la belleza ida de nuestra Vega y ciudad…” Pinto desde hace 46 años la Patagonia andina y esteparia, y siento similar responsabilidad a la que me demandó aquel español, Marino Antequera, en Granada.

Los desafiantes periplos por el mundo me ayudaron a sobreponerme a las duras condiciones de trabajos en el exterior que realicé aquí en la Patagonia. Por esta dificultad, la mayoría de mis colegas han optado por el norte. Otra razón, es la gama tonal cálida y envolvente del paisaje norteño, frente a los tonos puros, fríos y duros de este aire limpio, sin filtro solar.

¿Cómo describirías tu evolución creativa?

Hay un muy pequeño grupo de pintores que surgieron después del movimiento impresionista francés, representados en el Museo de Arte Moderno de París, cuyos nombres no han trascendido las fronteras

francesas. Éstos son Raymond Legueult, 1898-1971; Maurice Brianchon, 1899-1979, Roland Oudot, 1897-1981, entre otros. Era un grupo independiente de teorías colectivas y poseedor de una significación “amistosa”; separado de las ruidosas proclamas y alborotadas exposiciones tan en boga en

París. Se los conoce como los artistas de la “Realidad poética”. Creo que me ocurrió lo que a ellos: el estilo y la escuela fueron dándose de forma natural, por la común ansiedad de transmitir un sentimiento que surge de la contemplación de la belleza, la estética y la poesía. Ni a ellos ni a mí nos interesa “pertenecer” a una escuela, estilo o moda. La influencia de todos los colegas es inevitable; unos más que otros, pero a la larga todos participan.

¿Nos describirías cómo es tu vida junto a tu numerosa familia, en San Martín de los Andes?

No es la familia reflejo de mi actividad artística, sino que el lineamiento espiritual por el cual busqué la familia, es el que también me marca el rumbo del arte. Las leyes que respetamos hacen que la familia esté cohesionada como las piedras al suelo.

De aquellos nueve niños que educamos quedó la inmensa alegría de verlos como nuestros amigos, con quienes continuamos transitando la vida. La fe en lo eterno, el amor al hogar, los viajes, los amigos en común, la construcción de proyectos… ¡el arte canalizado en cada uno de ellos en diversas disciplinas! Todo esto compartido y consensuado.

Siempre han sido un equipo homogéneo de trabajo: fabricación de marcos durante la juventud de cada uno de los cinco varones; análisis de sistemas; guitarra; piano; cerámica decorativa y funcional; vitrofusión; pintura decorativa sobre tela; costura y diseño; tejidos; luminotecnia de edificios y exposiciones; fotografía artística en dos diferentes especialidades y un artista plástico.

Tu hijo Emaús también pinta. ¿Te propusiste enseñarle pintura a tus hijos o aprendieron de forma espontánea?

Yo procuré seguir el ejemplo de mi padre y tampoco le he dado instrucción técnica en la plástica, sino que lo incentivé a que sea valiente y desprendido de prejuicios y modas. ¡A mí ya me dejó atrás! Es la ley de la vida; y lo acepto. Hoy día se invirtieron los términos: ¡yo también pinto!

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Profesionalmente, completaré, Dios mediante, el proyecto de mi amigo y colaborador Jorge Bonzano, en el edificio “Colección Georg”. También realizaré en un ámbito importante de Buenos Aires, una exposición retrospectiva con todos los hitos que marcaron quiebres y renovaciones, usando el material retenido y adquirido, luego de venderlo, que consta de más de dos centenares de obras.

Personalmente, mi proyecto es la construcción de nuestra casa en un lugar retirado de la ciudad, donde disponga de mucha luz del sur dentro del atelier, así como de una huerta, donde “lubricar mis tabas”…

La etapa que transito requiere de mayor concentración, para lograr la excelencia.

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