Reinar sobre el aire 18/12/2011
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Por Felicitas Casillo, en Revista Porsche.
Pablo Reinoso es argentino y vive en París. Sus esculturas y diseños rompieron la noción de espacio y la solidez de los materiales. Una nueva mirada sobre realidades cotidianas da por resultado la contemplación de un mundo casi fantástico. A través del material y la técnica, Reinoso lo vuelve posible. Hasta diciembre de este año, podrá disfrutarse de su intervención Enredamaderas en el Malba.
Un objeto que de pronto deja de serlo y se transforma en ramas que crecen, crecen e invaden muros y pasillos. Enredamaderas, la muestra de Pablo Reinoso que se inauguró en marzo de 2009 en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), refleja perfectamente la novedad de lo ya conocido. Aquellos bancos, típico mobiliario de plaza, parecen a punto de brotar hiedras, de conquistar los salones y pasillos del segundo piso del museo.
Su autor los define como bancos “espaguetis”. ¿Pasta o enredaderas? Por título o por referencia del propio Reinoso, Enredamaderas alude la plasticidad de aquellos dos conceptos. En ambos casos, moldeando el hierro o la madera, Reinoso logró conferir a la rigidez de los materiales una maleabilidad sorprendente. “Enredamaderas es probablemente el más intrépido por su tamaño, el más implicado con su lugar de destino, con la arquitectura que lo recibe”, explica el artista sobre su proyecto.
Aquello de Reinoso de ver con nueva mirada – y en su caso, trabajar duramente para hacer visible el resultado- recuerda a Charles Dickens, el escritor de Oliver Twist y de David Copperfield. Dickens solía narrar que, un día, sentado en un bar londinense, leyó la siguiente palabra en la puerta de vidrio: “mooreeffoc”. Aquel misterioso nombre no era otra cosa que la palabra “coffee room” pero leído al revés, ya que el cartel había sido dispuesto sobre el vidrio para que lo leyeran desde afuera y no desde adentro. De esta manera, Dickens invitaba a analizar la realidad con otros ojos, porque creía que recién entonces, sólo cuando existía la mirada original y personal, nacía el arte. Transformar un banco de parque en algo vivo, que crece por uno de sus extremos, sin duda alguna, requiere algo de esa visión mágica que describía el autor inglés.
Pero además del vuelo imaginativo, las obras de Reinoso requieren un rigor técnico llamativo: finos trabajos de herrería, ebanistería y la contextualización de la obra. Esta última etapa consiste en instalar los bancos en diferentes sitios: un parque, junto a una iglesia antigua, en una plaza o dentro de un concurrido museo.
En cualquier sitio donde se encuentren, los bancos transforman el descanso en un tiempo movilizador. Quien se siente en un enredamaderas no podrá simplemente ignorar el entorno, dormir u olvidar. O mejor dicho, podrá hacer lo que quiera, porque el arte siempre invita con libertad, sin embargo, la obra le disparará pistas sobre un mundo posible que hasta aquel momento no había imaginado. “El comentario sobre el diseño, que es constitutivo de la obra, no cierra el campo semántico, al contrario deja las metáforas abiertas a los enlaces y asociaciones que toda obra de arte contiene. Como me decía mi hijo mirando a Enredamaderas: ‘¡pero a quién se le ocurrió regar estos bancos!”, reconoce Reinoso.
La peculiar instalación que se exhibe en el Malba fue construida por tramos en un taller de Colonia del Sacramento, en Uruguay, bajo la dirección y el monitoreo permanente de Reinoso, que desde 1979 vive y trabaja en París. La pieza llevó un año y medio de producción y tiene 600 m2 lineales de madera esculpida.
Los trabajos de Reinoso pueden ser exhibidos en interiores o exteriores según el material en que estén realizados. La mayoría son en madera, por lo tanto, se destinan a espacios cerrados. También experimentó con materiales tradicionales como el metal y la piedra. Algunos de estos últimos, realizados en hierro, son particularmente vistosos: al exhibirse en parques se oxidaron y se tornaron rojos y especialmente vivos.
Además de su gran producción escultórica, Reinoso ha dedicado una gran parte de su carrera artística a obras de gran escala para lugares públicos de Japón. En la ciudad nipona de Fukuroi, donde existe un enorme esfuerzo por incorporar el arte al contexto urbano, Reinoso y sus piezas fueron recibidos con una cálida bienvenida.
Pasión por el asiento
La idea de los bancos espaguetis surge luego de muchos años de investigación personal. El primer esbozo fueron las variaciones escultóricas hechas a partir de las sillas Thonet, a las que llamó Thoneteando. Después, probó con las sillas de vestir, las Prêt à Thonet; luego las Prêt à manger, las sillas para comer. A la par, se realizaban los videos Thoneteando, y las Luthoneterias o sillas musicales que hizo especialmente para el grupo Les Luthiers.
Las sillas de estas colecciones sintetizaban los rasgos esenciales de un banco tradicional. Sin embargo, algunos alcanzan proporciones monumentales, y se erigían como poderosas esculturas de hierro en el espacio público.
Reinoso hizo patente la capacidad para inventar o apropiarse de recursos estéticos y tecnológicos que fueran necesarios para materializar aquello que había imaginado. Con respecto a esto, confiesa que las obras encarnan siempre cierta técnica, pero que luego se debe evolucionar y romper con la chatura. Reinoso habla desde la experiencia: durante sus primeras etapas, trabajó con el peso y la rigidez de la madera, piedra y metal. De esa forma intentó expresar lo que consideró siempre esencial en el arte: las ideas.
Finalmente, alrededor de 1995 afrontó un cambio profundo, tanto en su vida privada como personal. Reinoso concluye que fue un momento de crisis personal, durante el que se sintió agobiado por el peso, las dimensiones y el polvo de sus obras. Asegura que si vivir de las pinturas es complicado, más difícil aún es comercializar las esculturas. Significó este tiempo un periodo de prueba, típico en la vida de cualquier artista. Si esos enclaves se superan, entonces el camino se presenta enriquecido y pleno.
En ese entonces, Pablo se jugó por la el aire y la luz. Comprendiendo que los materiales pesados habían enrarecido el ambiente imaginario con el que convivía, decidió cortar, despedazar, liberar, pulir y finalmente mostrar. “Más allá del aspecto gracioso de mi decisión, descubrí que probablemente todo el interés que siempre tuve por este objeto, al que observé tanto desde la emoción plástica, como bajo la mirada del diseñador; me permitía comentarlo desde el territorio del arte, para sacudirlo como objeto de diseño”, reconoce.
De esta manera, concibió sus tan famosas instalaciones en tela, divididas en tres tipologías: Respirantes, Persistantes o Contractantes. Estas obras envuelven el aire, ese elemento maravilloso que nos rodea y es sin embargo abstracto, amorfo, invisible. Las piezas Respirantes, por ejemplo, cuentan con un ventilador cuya alimentación eléctrica se interrumpe cada tanto y los elementos permanecen en movimiento de forma muy suave. Los dispositivos se inflan y desinflan creando una respiración visual y auditiva sorprendente.
La obra de Reinoso incluye una meditación sobre lo manual y el oficio, que contrasta con el surgimiento arrollador de la virtualidad de los soportes electrónicos. Sin embargo, el balance de Reinoso funciona desde una vanguardia amigable. Su obra demuestra las posibilidades del material y su manejo.
Tensión entre opuestos
Ante la pregunta de cómo describiría sus obras, el artista asegura que le resulta difícil decirlo, porque son creaciones “aparentemente sencillas, con humor, pero que viéndolas profundamente poseen un punto de angustia”. Pocas palabras pero meditadas, los dichos de Pablo se parecen un poco a sus esculturas, concisas pero plenas de significado. “Se trata de la vida misma. Llevo el diseño a la obra como antes un pintor podía llevar una manzana a una naturaleza muerta”, compara.
Como los buenos libros, las piezas de Reinoso requieren que cada uno rellene los caminos que abrió en ellas el autor. “Mi obra es de contenido conceptual. Se desarrolla actualmente por los meandros del barroco. Digamos que tenso opuestos”, describe.
Reconoce que pasa por un momento de muchísima solicitación, de taller en taller, siempre en busca de lotes de material y de herramientas. La infraestructura para que cada pieza luzca pulida no puede fallar en ningún punto de proceso. “Mi proyecto es poder llevar a cabo todas las oportunidades que están surgiendo. Necesito 20 años más, recién ahí las cosas se pondrán como deben”, dice.
Cuando platica sobre la inspiración, también añora tiempo: “Las ideas son inmediatas, pero para realizarlas se tarda toda una vida”, y con respecto a sus referentes, asegura que han sido muchísimos, desde los clásicos hasta la actualidad, pero “nombrar algunos es olvidar tantos. Creo que mirando mis obras se pueden ver perfectamente cuáles son mis amores.”
Volver al arte por medio del amor; colar la imaginación a través de los poros de una realidad ya demasiado conocida, leer los carteles a la inversa y hacer crecer la madera de los bancos. Viendo las obras de Reinoso, pueden descubrirse sus amores.
Bio Reinoso
Nació en Buenos Aires, en 1955, pero vive y trabaja en París desde 1979. Fue alumno y discípulo de Jorge Michel, artista plástico fallecido en 1991. Reinoso practica la escultura desde la adolescencia y confiesa que tiene una relación “visceral” con los materiales de sus obras. Cuando era pequeño pasaba largas horas en el taller de fotografía y carpintería de su abuelo, jugando con maderitas, puliendo superficies, lastimándose con las gubias la mayoría de las veces. Tan marcada era su vocación que a los seis años le obsequiaron un banco de carpintero.
Durante su primera etapa, trabajó especialmente con madera, pizarra, mármol, bronce y acero. Entonces, sus búsquedas estaban orientadas hacia la articulación y la metonimia, el espacio y el tiempo. A partir de 1995, decidió experimentar con otros materiales. De esta manera, las obras de Reinoso perdieron rigidez y ganaron en etéreas y sutiles. Hacia los años noventa, ganó fama como diseñador, creaba muebles y otro tipo de objetos decorativos. Sus ensayos con las sillas Thonet fueron especialmente llamativos. Alrededor de 1997 trabajaba con el grupo LVMH, mientras que en el año 2000 se hizo cargo de la dirección artística de Parfums Givenchy y dos años más tarde, de Parfums Loewe. Reinoso se encargaba de diseñar los frascos de perfume y de distintas líneas de cosméticos.
Muchas fueron las exposiciones individuales y colectivas que realizó. Entre las primeras, se destacan la ya nombrada Thoneteando, en la galería Ruth Benzacar; Nudos de sombras, en el Instituto Cervantes de París; Conspiraciones, en la Galería Pièce Unique de París; Poltrona-Freud, en Designer’s day de París; L’air Reinoso, en Centre d’art André Malraux, en Colmar, Francia; Cocina y comedor, en la Galería de Arte Ruth Benzacar, en Buenos Aires; El Observado, en Galeries Lafayette de París; Ashes to ashes, en la Casa de América, de Madrid; entre muchas otras.
Comezó a estudiar arquitectura y psicología en la UBA, y luego se formó de manera autodidacta
Actualmente, Reinoso vive con su mujer, una argentina que conoció en París, y con quien tuvo dos hijos.
Retratos del lejano sur 14/12/2011
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Georg Miciu nació en Austria y cuando tenía pocos años llegó con su familia a Buenos Aires. Su padre le enseñó a pintar y con los años refinó su técnica y se inspiró en viajes y paisajes. Actualmente, vive en San Martín de los Andes y confiesa un amor incondicional por el sur argentino.
El pincel trabaja rápido sobre el lienzo y casi mágicamente, combinando colores e intensidad, conforma un paisaje donde la luz, las sombras y el hombre son protagonistas. Más allá de sus maravillosas obras de arte, el propio Georg Miciu y su vida reflejan ese afán creativo y trascendente, que lo vuelve único y original. Desde hace décadas, vive en San Martín de los Andes, donde crió a sus nueve hijos y donde ha pintado gran parte de su obra.
Miciu nació en Bludenz, Austria, en 1946. Tres años después, se radicó en la Argentina. En la década de los sesenta, comenzó sus prácticas de pintura en el Parque Pereyra Iraola de Buenos Aires. Durante aquellas jornadas, Georg aprendió de la técnica de Konstantino, su padre, también pintor. Desde entonces, a partir de viajes, experiencias y búsquedas, Miciu refinó un estilo único, que le permitió captar como pocos artistas contemporáneos el paisaje y carácter de los habitantes de la Argentina, especialmente de la Patagonia.
Georg, junto con su amigo Jorge Bonzano, proyectaron “Colección Georg”, un atractivo edificio en San Martín de los Andes, donde se exhibe la obra de Georg Miciu, la de sus hijos, que también practican diversas disciplinas artísticas, y la de otros artistas locales. “Colección Georg” es un espacio abierto, de acceso libre y gratuito.
¿De qué forma aprendiste con tu padre?
“No hay mejor escuela de arte que la propia Creación”, me cantaba él; a mí ese concepto me encantó. Konstantino, mi padre, era un gran artista, se había graduado en Bellas Artes, en Viena.
La enseñanza de Konstantino fue más inspiradora que técnica…
Yo aprendí de su forma de vida. Aunque nunca me dio una clase de caballete, me estimuló de diferentes maneras: primero, al llevarme a vivir a un paraje natural y sano, en Gesell, cuando aún era Villa. Luego me educó en libertad, y respetó mi anhelo de estudiar música. Entonces, tomé clases con el maestro Tortorella en el Conservatorio de La Plata. De esa manera descubrí por mí mismo que no era ese mi ambiente.
¿Por qué los Miciu debieron emigrar hacia Sudamérica?
Por la mismísima razón que trajo a la mayoría de los europeos de la posguerra. Vivir en la tierra natal de mis antepasados, Moldova, (entre Ucrania y Rumania), ocupada por los bolcheviques, no era aconsejable. Anteriormente, durante los años de la guerra, la alta sociedad de Austria y Alemania buscaba invertir sus capitales privados, por lo tanto los artistas tenían trabajo. Pero en la etapa de posguerra ya no había lugar para el arte y hubo que emigrar.
¿Y por qué vinieron a la Argentina?
Quiero pensar que por la gracia de Dios, más que por las motivaciones de mis padres… Ese es mi agradecimiento a quien mueve los hilos, el “kairos” de nuestras existencias.
¿Cuáles son los primeros recuerdos que tenés de la Argentina?
San Isidro; la Plaza de los Tres Ombúes; “trinerear” en la barranca sobre hojas de palmera; el espigón del río; las artesanías de madera del mercado cerca de la estación de la línea Mitre; el reloj de flores de la Plaza del Bajo; las islas del Delta del Paraná; el mercado de frutas del Tigre, y los prados campestres de Don Torcuato, ¡surcados por un arroyito donde nadaban peces!
¿Cómo vivía tu familia en Buenos Aires?
Mi padre pintaba de forma incansable en un gran salón comedor que alquilaba en una mansión de la calle Belgrano al 362. Luego, al salir, por las noches, caminábamos de la mano. Él, agotado y en silencio, hasta el barranco. También conozco por relato y no por recuerdo, que tres delincuentes a punta de pistola y filo de navaja lo despojaron de sus primeros magros ingresos, en el año 52. En ese entonces, y ésto si lo recuerdo, nuestra vajilla estaba fabricada de forma casera, con tazas de conserva y asas de alambre… Pero ésto no modificó para nada el carácter bondadoso y confiado de mi padre. Además, hay otras anécdotas positivas para contar: el Dr. Mostacho, de San Isidro, socorrió a mi padre cuando estaba enfermo y después de que se recuperó, lo introdujo como retratista consumado, en la alta sociedad de Zona Norte.
¿Qué tipo de trabajos hacía?
En la espaciosa cocina del caserón, además de una sala de pintura, funcionaba, simultáneamente, un taller de marquería. Mi padre fabricaba esquinas con molduras rococó, a partir de moldes de yeso, que doraba con punta de ámbar. Los lienzos los preparaba al estilo clásico, con gelatina caliente…
Las duras condiciones económicas de un extranjero sin relaciones comerciales ni públicas y el abuso de los comerciantes de arte lo hicieron semejante a un “bohemio”, pero Konstantino nunca lo fue.
¿Cómo influyeron los viajes en tu forma de pintar?
Fueron mis primeras incursiones en el mundo también dentro de la naturaleza. Esos viajes de mochilero que comenzaron en la Patagonia meridional, para llevarme al extremo sur, me hicieron reencontrar con
las imágenes inconscientes de mi memoria temprana: los Alpes austríacos. Además, los variados bosques patagónicos se me asociaron a los paisajes siberianos, principalmente de robles, que marcaron mi patrón de belleza a partir de las reproducciones de los magníficos artistas rusos con los que me “desayune” de niño.
Luego emprendí, conscientemente, el recorrido de los Museos de Ciencias Naturales y Arte de todo el continente americano, el europeo y buena parte del Medio Oriente. Cada obra expuesta significó una lección plástica. Las estudié hasta el mareo. Paralelamente pintaba todos los días au plein air, al aire libre, variando permanentemente climas, culturas y colores.
La necesidad de trabajar durante los muy largos viajes con un medio portatil y sencillo, me llevó al óleo con espátula; y la urgencia de captar un solo momento solar o emocional, hicieron crecer el tamaño de mi herramienta hasta una medida totalmente inusual en el oficio.
¿Qué significa la Patagonia en tu vida?
Es el desafío de transmitir con un trazo de lienzo las dimensiones, paradojas y retos de la vida en estos entornos extremos. Mi pintura es a veces joven, como el habitante injertado, cuando recibe la influencia de los mapuches.
Viviendo en la andaluza ciudad de Vega, un destacado colega español, desde el diario de la ciudad, me dirigió un pedido del siguiente tenor: “Rogamos al pintor que reproduzca y salve lo poco que aún queda de la belleza ida de nuestra Vega y ciudad…” Pinto desde hace 46 años la Patagonia andina y esteparia, y siento similar responsabilidad a la que me demandó aquel español, Marino Antequera, en Granada.
Los desafiantes periplos por el mundo me ayudaron a sobreponerme a las duras condiciones de trabajos en el exterior que realicé aquí en la Patagonia. Por esta dificultad, la mayoría de mis colegas han optado por el norte. Otra razón, es la gama tonal cálida y envolvente del paisaje norteño, frente a los tonos puros, fríos y duros de este aire limpio, sin filtro solar.
¿Cómo describirías tu evolución creativa?
Hay un muy pequeño grupo de pintores que surgieron después del movimiento impresionista francés, representados en el Museo de Arte Moderno de París, cuyos nombres no han trascendido las fronteras
francesas. Éstos son Raymond Legueult, 1898-1971; Maurice Brianchon, 1899-1979, Roland Oudot, 1897-1981, entre otros. Era un grupo independiente de teorías colectivas y poseedor de una significación “amistosa”; separado de las ruidosas proclamas y alborotadas exposiciones tan en boga en
París. Se los conoce como los artistas de la “Realidad poética”. Creo que me ocurrió lo que a ellos: el estilo y la escuela fueron dándose de forma natural, por la común ansiedad de transmitir un sentimiento que surge de la contemplación de la belleza, la estética y la poesía. Ni a ellos ni a mí nos interesa “pertenecer” a una escuela, estilo o moda. La influencia de todos los colegas es inevitable; unos más que otros, pero a la larga todos participan.
¿Nos describirías cómo es tu vida junto a tu numerosa familia, en San Martín de los Andes?
No es la familia reflejo de mi actividad artística, sino que el lineamiento espiritual por el cual busqué la familia, es el que también me marca el rumbo del arte. Las leyes que respetamos hacen que la familia esté cohesionada como las piedras al suelo.
De aquellos nueve niños que educamos quedó la inmensa alegría de verlos como nuestros amigos, con quienes continuamos transitando la vida. La fe en lo eterno, el amor al hogar, los viajes, los amigos en común, la construcción de proyectos… ¡el arte canalizado en cada uno de ellos en diversas disciplinas! Todo esto compartido y consensuado.
Siempre han sido un equipo homogéneo de trabajo: fabricación de marcos durante la juventud de cada uno de los cinco varones; análisis de sistemas; guitarra; piano; cerámica decorativa y funcional; vitrofusión; pintura decorativa sobre tela; costura y diseño; tejidos; luminotecnia de edificios y exposiciones; fotografía artística en dos diferentes especialidades y un artista plástico.
Tu hijo Emaús también pinta. ¿Te propusiste enseñarle pintura a tus hijos o aprendieron de forma espontánea?
Yo procuré seguir el ejemplo de mi padre y tampoco le he dado instrucción técnica en la plástica, sino que lo incentivé a que sea valiente y desprendido de prejuicios y modas. ¡A mí ya me dejó atrás! Es la ley de la vida; y lo acepto. Hoy día se invirtieron los términos: ¡yo también pinto!
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Profesionalmente, completaré, Dios mediante, el proyecto de mi amigo y colaborador Jorge Bonzano, en el edificio “Colección Georg”. También realizaré en un ámbito importante de Buenos Aires, una exposición retrospectiva con todos los hitos que marcaron quiebres y renovaciones, usando el material retenido y adquirido, luego de venderlo, que consta de más de dos centenares de obras.
Personalmente, mi proyecto es la construcción de nuestra casa en un lugar retirado de la ciudad, donde disponga de mucha luz del sur dentro del atelier, así como de una huerta, donde “lubricar mis tabas”…
La etapa que transito requiere de mayor concentración, para lograr la excelencia.















