Leer a Borges evitaría el suicidio 27/08/2011
Posted by Felicitas Casillo in Artículos, Arte, Literatura.trackback
Por Felicitas Casillo, publicado por Online Baires.
¿Qué le diría usted, lector, a un no lector de Borges? ¿Por qué hay que leer a este tal Jorge Luis?
Él creía que su paraíso ideal era una biblioteca, donde pudiera sentarse durante horas, a viajar por aquellos mundos que siempre le prometieron las letras. Nosotros- ojalá sus lectores- lo conocimos como el escritor ciego, aquel que en las fotos perdía su mirada inútil hacia arriba. Pero, ¿qué le diría usted, lector, a un no lector de Borges? ¿Por qué hay que leer a este tal Jorge Luis?
Me gustaría proponer una teoría. La enunciaré como hacen los diarios: “Según estudios científicos, leer a Borges evitaría el suicidio”. El artículo en cuestión seguiría de la siguiente manera: “Científicos de la Universidad tal, de no sé dónde, afirman que…”, y así continuaría el derrotero.
Como no existe tal estudio, pasaré a explicarme: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges fue un hombre nostálgico y solitario, como en diferentes proporciones son casi todos los escritores. Poseía una sensibilidad que lo llevó a volver la mirada sobre cuestiones que el mundo había postergado una y otra vez. Y no me refiero solamente a los clásicos de la literatura, que al igual que hoy día, tampoco se leerían demasiado algunas décadas atrás.
Borges estaba obsesionado también por los objetos y realidades- espejos, laberitos y Buenos Aires-, por el hombre bravo del campo, el gaucho que comprende, como aquel Tadeo Isidoro cruz, “su íntimo destino de lobo, no de perro gregario” ; le quitaban el sueño los compadritos del arrabal, que escondían bajo el ropaje “esa víbora, el cuchillo”; amaba el tiempo que se rompe ante el pensamiento: “La mojada tarde me trae la voz, la voz deseada,/ de mi padre que vuelve y que no ha muerto.”
Era adicto al conocimiento que es aventura y a la aventura que, como experiencia, forja conocimiento: “Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país.”
En Buenos Aires se enamoró de los patios, que le brindaron su “amistad oscura”. El ajedrez le metaforizó la vida: “Cuando los jugadores se hayan ido,/cuando el tiempo los haya consumido,/ ciertamente no habrá cesado el rito”, y después: “sobre lo negro y blanco del camino, buscan y libran su batalla armada.”
Al arte le quitó tanta baratija y palpó esenciales: “A veces en las tardes una cara/ nos mira desde el fondo de un espejo;/ el arte debe ser como ese espejo/que nos revela nuestra propia cara.”
De Dios, buscó su nombre, y como si fuera poco, descubrió al Golem: “Si (como afirma el griego en el Cratilo)/ el nombre es arquetipo de la cosa/ en las letras de ‘rosa’ está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.”
Leer a Borges evitaría el suicidio. Sí, créame, lector, entre sus páginas se encuentran los sentidos y no existe el aburrimiento. Y como dijo este fenómeno ciego, genio y tímido hasta el extremo:”Entre las cosas hay una,/ de la que no se arrepiente nadie en la tierra. Esa cosa/ es haber sido valiente.”
El 24 agosto, Borges hubiera cumplido 112 años. Como él mismo escribió en su poema “Edgar Allan Poe”: “Quizá, del otro lado de la muerte,/ siga erigiendo solitario y fuerte/ espléndidas y atroces maravillas”. Así sea.

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